sábado, 14 de agosto de 2010

Ángeles


No sé si era el metrobús, o el suburbano, quizás hasta el metro... Tampoco recuerdo en dónde estaba antes o cómo llegué ahí. Sólo sé que soy yo y que estoy completamente ebrio o drogado. ¡Carajo! No recuerdo nada. Quizá pasó un tren o un autobús a máxima velocidad, sentí el vientecito que genera al avanzar, miré las luces que se desdibujaban y me deslumbraron de vez en cuando los reflejos de los tubos adentro. ¿Cómo me moví? Quién sabe. Llegué a una base de taxis, ¿o pedí a alguien que me llevara hasta una? Asumo que tuve que caminar desde la estación hasta donde realicé la acción que fuera y que tuviera que ver con mi regreso a casa. No eran más de las doce, pienso mientras siento mi peso en la cama. 

Supongamos que estaba pedo y drogado, porque no me acuerdo, pero algo tuve que hacer bien para llegar sano y salvo. Cuando estoy hasta la madre de pedo no hago nada bien. Cuando estoy lo suficientemente sobrio para hacer algo bien, recuerdo todo tal y como fue. Sí, digamos que medio pedo y medio drogado, para no meternos en más cosas. Optaría también por que era una estación del suburbano, me da la impresión de que así era. De cualquier manera no me explico cómo es que llegué por el otro lado de la colonia, por el que se llega cuando vienes del metro o el metrobús. Dejemos la duda embarrada de la sensación del suburbano.

Podría asegurar que tomé dos taxis: tal vez uno para recorrer la parte del D.F. y otro para recorrer el pequeño tramo del Estado de México; así el ojete taxista defeño no me querría duplicar la cuota por entrar dos metros a otro estado (porque aunque no lo creas, sí lo hacen). Pero en realidad habría tomado uno solo, porque para cuando hubiera querido el segundo ya habrían aparecido mis salvadores. Tal vez no tomé ninguno y todo el tiempo estuve con los dos muchachos. Qué confuso es todo esto.

Las imágenes parecen hacerse más nítidas desde que llegué a donde empieza el Estado de México. Imaginemos que sí tomé un taxi en el D.F., porque no recuerdo bien a los muchachos antes de este punto y habría sido casi imposible que caminara desde cualquier estación del transporte que fuera hasta ese lugar. Uno de los dos estaba cerca, creo que el mayor, y de alguna manera le di a entender que buscaba un taxi. Ambos tenían pinta de chacalones, parecían de lo peor; en mi estado eso importaba poco. Su hermano (por algo estoy seguro de que eran hermanos) estaba a unos cinco o diez metros de distancia y al mirarlo vi que también estaba un taxi estacionado, justo en un retorno. Aquí miré con mayor profundidad, más bien observé: la colonia estaba desierta, nadie más que el conductor del taxi, los dos muchachos y yo. Algo dijo el hermano menor y el taxista se enojó. Eso del enojo en ningún momento lo vi, ni recuerdo haberlo escuchado, tampoco sé si fue por algo que dijo el muchacho, pero algo me dice que fue así como pasó. Tal vez esa imagen, ahora sí medio borrosa, del menor blandiendo una rama me revela toda esa información.

Tenían una motoneta, claro que lo sé, pero no sé si estaba montado el mayor o el menor de los muchachos; si estaba cerca del taxi o cerca de mí. Digamos que estaba cerca de mí, que vi al mayor y le di a entender lo del taxi mientras estaba montado en la motoneta. Así lo pienso porque cuando el otro blandía la rama no estaba montado en nada. La siguiente imagen es la de nosotros, los tres (¿sobre la motoneta?) llegando a mi calle. Será como kilómetro y medio desde el retorno donde estaba el taxista hasta mi calle. Lo curioso es que llegamos por el lado opuesto por el que tendríamos que haber llegado. Ahora pensemos que nos tuvimos que dar toda la vuelta para evadir al taxista enojado, pues estaba enojado conmigo: me quería madrear, de eso sí me acuerdo bien.

Nos pasamos dos casas de la mía. Miro mis ventanas en un ángulo extraño, como si estuvieran enfermas o yo qué sé. El mayor se baja de la motoneta, yo ya no puedo moverme y decide cargarme. Puede ser que nos hubiéramos bajado antes y que me hubiera cargado desde el principio de la calle. Quizá me está cargando desde hace rato y se detiene un momento para darle instrucciones a su hermano. Ya no me puedo mover, estoy en sus manos completamente. Lo que le dice a su hermano es que vigile los alrededores mientras me mete a mi casa. El hermano menor se va, me lo imagino dando vueltas por ahí y es cuando me doy cuenta de que es casi un niño, once o doce años a lo mucho. Ya no estoy seguro de si lo estoy viviendo o lo estoy recordando. Siento un cariño enorme por estos dos desconocidos que me ayudan cuando no soy otra cosa que un inválido, un bulto aguado que se escurre por los dedos de quien me carga.

Sé que es un recuerdo, porque ahora estoy aquí, sano y salvo. Estoy acostado y no recuerdo bien cómo llegué aquí. Debieron ser ellos. Todo eso pasó hace un par de horas. Siento mi cuerpo sobre la cama, tengo ganas de orinar. ¿Será que el cerebro es tan poderoso que me creó todo esto sólo para despertarme e ir a orinar? Pero no estaba dormido, no. Sentía mi cuerpo y sentía mis dedos, me daba vueltas y todo mientras recordaba lo de esta noche. Me levanto de la cama, voy al baño y enciendo la luz. Meo. Mientras cae el chorro empiezo a convencerme de que nadie me llevó a mi casa esa noche. Lo que pasó en realidad fue que salí con Robleda de la oficina (pinches oficinas) y nos fuimos a tomar unas cervezas a un bar cercano. Recuerdo que salimos tarde y no alcanzamos camiones ya. Fuimos a un sitio de taxis, la fui a dejar hasta su casa y luego le pedí al conductor que me dejara hasta aquí, en donde estoy ahora: mi casa. Pero hice una escala más, pues afuera me estaba esperando ya Josué, con un six de cervezas. Nos lo tomamos en la banqueta, luego me despedí y finalmente entré saludando a mi tía con alegría. Me dijo que olía a cerveza, le dije que había tomado, pero que todo estaba bien. Le ayudé a lavar algunos trastes y después me acosté.

Termina de salir el chorro cuando ya estoy completamente consciente. Regreso mi pene a su hogar dentro de la pijama. Bajo la tapa, jalo la cadena, recargo mis manos en el lavabo. Abro la llave, luego echo jabón, al final froto. Tomo un poco de agua con un recipiente improvisado con mis palmas y me mojo la cara. Me miro al espejo con rostro de desconcierto, un joven descompuesto y con ojos de locura está del otro lado. Todo es confuso, pero hay una verdad que se muere por mostrarse; una vez más estoy segurísimo de algo, una certeza que me invade, me inunda y no deja ser ignorada. Sostengo la mirada del espejo y con toda naturalidad, y hasta un dejo de espiritualidad, digo en voz alta:  "Tengo dos ángeles".

3 comentarios:

  1. Hahahaha, chale ya deja esas madres! xD
    con esos angelitos pa' que quieres demonios padrino
    hahahahaha si me sacaste completamente de pedo, porque lo tuve que leer en dos partes
    hahahaha

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  2. perdido en una aldea recondita de tu fe o tu temor, exelente,todos lo necesitamos de vez en cuando.

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