Aparece un torbellino al recordar la primera vez que te mostré mi verdadera cara: imágenes abigarradas, náuseas azules y extáticas; los sabores rojizos de tu cabello enredado, la salada sensación de tus mordidas despistadas e impulsivas. Puedo decir que era de mañana, o de noche o de tarde, pero nuestro cuerpo se salió de tiempo, no percibía más que una nada espesa y fulgurante.
Me dio primero por galopar sobre tus piernas, por recorrer, como río vehemente, tus caderas; la caída dramática del agua en la cascada de tu cintura; tus costillas, contándolas una por una, como para probar si seguíamos completos; tus brazos que acaricié desde las axilas, luego el camino tembloroso para alcanzar los codos y tu antebrazo; rozar temerosamente las palmas de tus manos y clausurar tus dedos para siempre. Así sentenciamos nuestro destino: yo te dejaba jugar, tú me dejabas profanarte. Nos escupíamos en la cara, nos pisoteábamos con ese sudor musical que nos envolvía en un doloroso goce.
Tiemblas sin parar y no sabes por qué. Nuestros cuerpos están ya desnudos, tus ojos cerrados, mis labios inquietos. Abro tus brazos ensayando la forma de manejar tus piernas; beso tu pecho y mi lengua roza tus pezones. Baila mi boca humedecida, se desliza por tu abdomen, lame suavemente tu ombligo. Tu cadera se mueve, admiro tus senos que suben y bajan mientras esta desesperada danza se acomoda en tu vientre. Siento tu vello rozar mi nariz, siento el olor húmedo de tus palpitaciones, de tu jugo que se convierte en imán para mi lengua.
Te regalo mi pobre manera de querer, quédatela y no me la devuelvas; quédate también toda la porquería en la que bailo y me contoneo como muerto en estado de ebriedad. Quédate mi ritmo lento de pensamiento, mis palabras malusadas y mis obsesivos acentos. Quédate mis cuentos y la mierda que aviento cáigale a quien le caiga. Quédate con este piso empolvado, esta cobija que pica; quédate conmigo toda la vida. Giramos una y otra vez, nos retorcemos, nuestras lenguas se hacen tornillos, nuestros dedos cuchillas y nuestros blandos cuerpos se pierden en el deleite de este abismal vaivén. Quédatelo todo.
Separo tus piernas con mi rostro, esta lengua traviesa traza largas líneas por tus muslos, dibuja tus ingles como si fuera el artista de tu goce. Me tomas por el cabello, me das un pequeño empujón, pero yo me resisto. Mis labios se contraen sobre tu vulva, la beso con ese amor desesperado que sólo yo puedo sentir. Mis manos frotan tu cadera, las yemas de mis dedos hacen que des pequeños brincos. Índices y pulgares frente a mi rostro: con mucho cuidado separo tus labios. Me busco un camino hasta encontrar tu clítoris y tú gritas, pero no quieres gritar. Me apartas con tus manos; con tus piernas me atrapas. No dejas de gritar, no dejas de gemir "no". Describo círculos, ¡describo tantos círculos! Unos son más grandes que otros, los primeros lentos, después acelero y presiono casi sin fuerzas. ¡Cuánto placer pueden tener mis labios! Te rodeo con ellos, toda tú estás contenida en esa pequeña protuberancia. La presiono entre la punta de mi lengua y mi labio superior. Tu cadera se mueve más violentamente cuando siento que me arrancarás los cabellos. Mi cabeza sube y baja, siento que me quieres alejar. Pero yo no quiero, no deseo que dejes de desear. Tus gritos son cada vez más fuertes y un sonido de vacío muere en mis fauces abiertas. Recibo el terremoto que dejas escapar, me quedo con tu orgullosa desesperación.
Tus labios venenosos fueron los que me dieron sentido, también tus muslos prisioneros y tu ardiente y cansada sonrisa. Quise mostrarte un mundo nuevo, quise hacer que te asomaras por la puerta de lo absurdo y echaras tu magia negra en mis intentos de sentimiento. Llevándote de aquí para allá, de la lengua al paladar, de lado a lado en espiral, del dulce de tu quijada a lo necio de mis hombros. El cuerpo nos llevaba, el cuerpo nos manejaba y de su mano nuestros espíritus, porque todos eran uno solo. Y aunque te lo diga, no había codos, ni talones, ni vientres, ni muñecas, ni pantorrillas. Estaba todo confundido, no existía algo más allá de la inconfesable fruición poseedora de tús y de yos. Todo se movía...
El suelo se suaviza, se hunde y nos mueve de esquina a esquina de lo insano. Vejamos al mundo entero con nuestros jadeos y nuestras palabras agonizantes de tan enfermas; pocos teamos, mucha carajería. El aire a nuestro alrededor se convirtió en una gran cadena que nos asfixiaba, una cadena de perversiones y ternuras; sadismos y masoquismos; ganas de destrozar y ganas de construir; redescubrimientos, desencuentros, aburrimientos, enfermos entretenimientos; hacer sano lo insano y lo sano echarlo por el excusado. Un camino hacia adentro (de mí) empezado fortuitamente desde afuera (desde ti).
Yo lo sentí de esa manera: a mi manera. Te embargué de mi soledad, te di la mano para ayudarte a bajar los últimos escalones hacia mi infierno. Tú me diste el permiso: me dejaste vejarte y endulzarte; aterrorizarte y desarmarte; tratarte como me daba la gana, hacer lo que tú me dijeras.
Asciendo a la amargura de tu mirada en un camino de besos cortos, besos furtivos, besos que pasan por inexistentes. Pero besos que sientes. Lamo tu quijada y muerdo tus labios. Te tomo por el cuello y con los ojos te pido permiso. El calor reconfortante, el calor cómodo, perfecto. Un suspiro ahogado, un quejido ahogado, una lágrima que no dejas salir cuando te penetro. Subes las piernas y las abres más, quieres que te las separe hasta que no se te puedan juntar de nuevo. Quieres morirte conmigo entre los quejidos de un placer tan ardiente que nos quema. Se desliza mi miembro en lo más profundo de ti mientras con ardor beso tu cuello, tu clavícula, tu pecho, tu rítmico abdomen; me salgo de mí sólo para poder besarte el cuerpo entero. Me entregas tus contracciones y tus rasguños, me contagias tus frustradas mentadas de madre. Te disuelves conmigo.
Nos hicimos y nos deshicimos; me coloqué tus dedos en lugar de los míos, tú te pusiste mis labios en tu rostro; caminamos, con dos pies derechos tú, con dos izquierdos yo. Nos convertimos en las pesadillas de la ternura y el cariño, nos convertimos en la desaparición del otro, en la unidad de la divinidad. Fuimos la envidia del horizonte que besa al cielo sólo en ilusión; fuimos desinhibición. Tú nos hiciste así, nos convertiste en una canción de cuna para locos. Allí estuvimos los dos chupando, lamiendo, rozando, gimiendo; amordazando, complicando, moviendo, estremeciendo. Empapados de nosotros, hechos ruinas, atravesados por lo que irremediablemente fuimos: tú y yo.
Fijas tus ojos en los míos, tus ojos llenos de odio y de frustración. Estás loca, estás furiosa por que me he robado tu placer. Me tomas con elegancia por los hombros, me tuerces parsimoniosa y violentamente hasta que me dejas acostado. Me miras con estupor y cansancio, exhalas tu dominio. Separas los muslos sobre mí, me haces entrar con lentitud. Recargas tus senos en mi pecho, me ofreces tu boca, pero la dejas fuera de mi alcance. Quisiera masticarte. Esa cadera tuya se mueve peligrosamente, se mueve largamente, se mueve rápido hasta que se esuchan una y otra vez esos chasquidos. Somos un ruido infernal. Abro la boca, no la puedo cerrar, no puedo gemir, no puedo gritar. Mi silencio me come, pero el chasquido amenaza con tomar el control. Todo se me va, todo se revuelve y tú te separas de mí, te me escapas. Miro cómo se aleja tu rostro, cómo se asoma tu sonrisa. Con tu boca rodeas mi pene, la abres bien para que tus dientes no lo toquen; luego tus labios lo acarician en el regreso y sigues y sigues hasta que soy yo quien quisiera morirse. Siento que me muero y tu boca me abandona y tú sonríes. Sonríes y ya quiero revivir, pero tu mano frota con vehemencia hasta que no sé diferenciar entre tu calor y el mío. Me muero, ¡siento que me muero! Me muero en tu mirada; me muero en tus mejillas; me muero en tu nariz, en tu cabello y en tu boca bien abierta.
Eras un templo ardiendo: tus ojos coloridos vitrales animados, charcos de cera tus dedos de cirio, tus pechos como dos suaves cúpulas; fuiste mi domingo ceniciento. Te lamí con mis blasfemias, respiraste mi aliento enfermizo, hicimos un cielo de nuestro podrido infierno. Nos atrevimos a sacar al amor del pensamiento, le dimos una vuelta, lo cansamos y lo acostamos entre nosotros; lo arropamos como dos tiernos padres para luego aplastarlo con apasionada desidia. Estuvimos más cerca que cualquiera.
