lunes, 18 de julio de 2011

Track 04 - March of the Pigs

De vez en cuando nos dan ganas de deshacer lo que nos encontramos en nuestro camino. No es muy complicado: ella y yo. Es una confesión que no debería hacer, como que no está permitida, pero los polos se combinan cuando estamos juntos y lo no permitido se permite. Mis palabras son suaves pero agresivas, las suyas agresivas pero suaves. Seducimos a la gente sin problemas, los metemos en un juego en el que nadie quisiera entrar. Decimos "¿alguien quiere jugar?" y todos levantan la mano desesperados por ser seleccionados.

No tenemos la culpa de sólo amarnos nosotros dos. A nuestra manera, claro. A veces, cuando miran desde afuera, se nos acercan y nos preguntan que qué hacemos, que cómo somos tan felices. Me dan ganas de romperles la madre por pendejos; no tienen ni idea. Fue ella quien me puso en las manos todo lo que deseaba y no me atrevía a querer. La primera vez que lo hicimos nos sentimos culpables. Aunque ella dice que no, estoy seguro de que me afectó más a mí, Pero era de esperarse, aún desconfiábamos, era cuestión de desensibilizarse un poco. Tampoco tenemos la culpa de querer joder a la gente, pero al fin todos salimos ganando, ¿no?

Era una tarde de febrero cuando lo decidimos. Es decir, no es que lo hubiéramos discutido antes o algo parecido, más bien fue que con una mirada lo entendimos todo de una vez. La primer víctima: una mujer. No nos costó mucho atraparla: ella con su belleza y yo con la mía. Resultó ser una pervertida total, perdimos el control, nos dio una lección y, ahora sí con palabras, decidimos dejarlo. A la siguiente semana lo intentamos de nuevo, no pudimos evitarlo ya. De ahí en adelante jamás volvimos a fallar, sólo nos encargamos de afinar la técnica. Y ahora que si de técnica hablamos, no sólo era la manera en que los seducíamos, sino la selección que hacíamos. No todos entraban en nuestro perfil, ¿me explico?, había que cumplir ciertos requisitos.

Con el tiempo los íbamos reconociendo a la distancia, teníamos un ojo bien entrenado y ya nadie podía engañarnos con sus cuentitos de yo le hago a todo. Ni madres. Éramos ella y yo, pues. Siempre nos hemos quedado igual, jamás hemos necesitado subir  la intensidad. Todo está en las palabras, en cómo las decimos, en cómo reaccionan nuestros amados y amadas cuando las decimos. Los más divertidos eran los hombres, siempre se mostraban más renuentes para aflojar en el jueguito. Yo les decía "bésame, mamón" y se sorprendían muchísimo; ella les decía "bésalo" con un ademán de desprecio con la mano. Dudaban un rato, No me vaya a convertir en puto, pero luego ella les aventaba esa miradita de fuego. Ellos examinaban su cuerpo y más tardaba en pensar que se me habían rajado cuando ya me estaban plantando el beso.

Cuando era con mujeres la cosa cambiaba. Primero se asustaban, se asustaban demasiado. En las primeras veces hasta se nos llegaron a ir dos o tres. Pero el chiste era hacerlas sentir cómodas primero: yo me acercaba cortésmente, ella con aire encantador. Nos costó nuestras escenas babosas entender que siempre teníamos que sentarnos juntos, o sea: ella, yo y ya luego la señorita Víctima; si la flanqueábamos ya lo teníamos todo perdido. A ellas se les facilitaba más eso de la besadera, luego hasta me sentía como de más, pero ya en el cuarto, cuando sentían que algo les faltaba, ahí estaba yo.

Les decíamos "¡párate bien, pinche puerco!" y se paraban obedientitos; o "¡gatea, marrana!" y asustada se hincaba y ponía las manos en el piso; jamás les dimos tiempo para cuestionar. Eso es de lo más divertido, tenerlos a nuestros pies con las puras palabras, porque fuerza nunca utilizamos. Sin embargo, ninguno de los dos lo puede negar, lo mejor de todo es la culminación: ahí estaba el pendejín penetrándola y yo repentinamente me metía entre los dos a besarla, a acariciarla. Nos perdemos cuando eso sucede, nos desconectamos del mundo y sólo quedamos así: ella y yo en nuestra tierna destrucción. El otro no importa, ese es siempre nuestro punto: Nos amamos entre nosotros y le hacemos ver a nuestro tercero que es una mierda y que no existe para nosotros.



La mayoría de las veces se incomodaban, nos miraban como si estuviéramos locos y se iban. Otras veces se quedaban parados como idiotas a un lado de la cama, evitando posar sus ojos en nuestros cuerpos, como si se avergonzaran. No faltó el cabronazo que se atrevió a meterme el pito, hijo de la chingada, mis respetos; o la que sacó su fiera interna y me quitó a madrazos para seguir dándose calentones con ella. Cuando miraban desde adentro se preguntaban por qué lo hacíamos, "¡Son unos cerdos!", "¿Qué hacen?".  Era perder totalmente el control. Los dos, ella y yo, sabíamos que nada podía pasar, que al final del día todo iba a estar justo como antes, pero no podíamos dejar de sentirnos como si camináramos sobre la cuerda floja, con ganas de echarnos a llorar en vez de reír y gemir.

Ya no sé si hablo en pasado o en presente, pero eso no importa, ¿o sí?, tal vez hasta lo hago en futuro. Al final todos ganamos: todos salíamos del tedio asqueroso que nos invadirá cada día de nuestras rumiadas vidas. Ellos, nuestros eternos invitados al cuarto, y nosotros (ella y yo), buscamos todos esos placeres que nos harán sentir un poco más vivos que el resto. Nos odiamos tanto que necesitamos que alguien más se quede con ese odio, nosotros no. Ellos y ellas tendrían algo que ocultar, o guardan ya el secreto de una oscura noche que nunca contarán. Nosotros nos amamos: es esa nuestra única forma de amar. Lilia y yo, libres de odio. Aceptamos lo que somos, lo que nos hace delirar, lo que nos hace desear. Entonces, ¿quién es el verdadero cerdo? Que califiquen al que quieran: ¿no nos hace sentir mejor a todos?



martes, 14 de junio de 2011

Pitzotltepec

Desde que nos casamos, Brenda y yo salimos de viaje por lo menos tres veces al año. Fue algo que nos propusimos desde que éramos novios; no queríamos caer en la costumbre. Claro que no eran las vacaciones de ensueño que muchas personas desean tener: hotel de cinco estrellas,  playa, arena, gringos exhibicionistas, litros de alcohol y visitas al baño para hacer el amor con la excitación del temor por ser descubiertos. No. Nosotros somos, más bien, tranquilos. Visitamos pueblitos o lugares un poco más acogedores y personales que los que tienen grandes hoteles y más dólares que pesos; comemos lo que hallamos y para lo que nos alcanza; hablamos con la gente, nos gusta conocer; hacemos el amor en habitaciones pequeñas y frías para que el calor de nuestros cuerpos nos envuelva en un sueño generoso.

Pitzotltepec es un pequeño pueblo ubicado al norte del Estado de México, nos llamó la atención el hecho de que la alimentación de los pobladores, en general bastante sanos, encuentra su base en la carne de cerdo y que, antes de matarlos, realizan una especie de ritual para pedirle permiso al animal para consumir sus restos. De contadas nos enteramos de que vivían en extrema pobreza y que, sin embargo, eran personas tan cordiales que nunca negaban un plato de frijoles o un guiso de carne.  Pobres, pobres, pero la tradición jamás la soltarán.

Bajamos del autobús y preguntamos, como es nuestra costumbre al visitar los pueblos, en dónde se ubica la plaza principal. Un hombre moreno, sudoroso, con una playera blanca y todo lleno de tierra nos dice que tenemos que bajar por el camino que se asoma entre el yerbarajo y que sigamos la calle principal hasta encontrarnos con el edificio central. Nos acercamos hacia las yerbas duras y opacas de los lugares donde el los rayos de sol llegan ya helados por el mortecino aliento de los cerros. El camino es de suelo esterilizado por las pisadas de los pobladores y está lleno de piedras que uno tiene que medir porque no sabe si están flojas o están agarradas a la empinada bajada. Las pequeñas maletas que llevamos nos hacen tambalearnos de paso en paso, juntos nos reímos de las ridículas poses que hacemos. Brenda me ayuda a sortear las abultadas cagadas de cerdo que nos encontramos en el camino y al cabo de unos cincuenta metros de sudor y trompicones nos incorporamos en la articulación de una torcida calle. Brenda se acerca a un hombre de rostro accidentado y sonrisa desvencijada que yace sentado bajo su gorra de Comex junto a su fiel y oxidada bicicleta, y le pregunta sobre algún lugar en dónde pasar la noche. Ambos se me acercan:

- Javier, te presento a don Jacinto, él es originario de aquí y me ha dicho que puede ayudarnos en lo que necesitemos- dice Brenda haciendo sombra con su mano sobre los ojos mientras Jacinto asiente tímidamente y me extiende su flaco y consistente brazo derecho.

- Qué tal, Jacinto, mi nombre es Javier, soy esposo de Brenda. Creo que ya le dijo que buscamos un lugar en dónde pasar ésta y quizá otras tres o cuatro noches, pero además quisiéramos que nos mostrara un poco del pueblo antes de instalarnos en cualquier lugar, si no es mucha molestia. ¿Cree poder ayudarnos?

- Sí, cómo no. Mucho gusto, don Javier. Horita si quiere los acompaño al edificio central que está allá en donde ve usté la bandera, ahí está el tianguis y si quieren pueden hasta comer de una vez. Vinieron por el camino empinado, ¿verdad?- y Jacinto alterna las miradas entre Brenda y yo.

- Sí, don Jacinto, mi esposo ya casi se estaba desmayando, ¿usted cree? Es que ya le está pesando la edad. Ja, ja.

- Es que luego así pasa, señora, luego los camioneros los dejan allá arriba en la que es según la parada del pueblo, pero la buena es la que sigue, allí le dejan y ya nomás toma un taxi que la deje enfrente del edificio central, y de allí ya se mueven a donde quieran. Nomás que sí traten de dejar encargadas sus maletas  aunque sea, porque no se les vayan a llenar todas de polvo, ya ve que aquí las calles son de pura tierra- nos dice con su cansada sonrisa.

Jacinto parece ya más relajado y nos señala el otro lado del torcido camino, por donde podríamos haber llegado de manera menos trabajosa. En seguida toma su bicicleta y camina junto a ella contándonos cómo por fin les ha llegado hasta allí el agua potable, lo que facilita mucho la crianza de los cerdos, "Ya no tenemos que bajar hasta la presita, fíjese, y ya nos cuesta menos sacrificio cuidar a los animalitos". Retozan los puerquitos por aquí y por allá y la imagen se torna graciocísima conforme nos vamos acercando a la plaza,  a la una de la tarde, cuando los fieles van saliendo de la iglesia confundiéndose con los animales que andan entre la polvareda.

La plaza es el único lugar cuidadosamente adoquinado, cuyo centro está despejado de tierra, dejando ver su brillo grisáceo bajo el sol quemante. El tianguis se extiende a las orillas de las calles, en derredor de la plaza; delante del tumulto pasan constantemente taxis blancos ennegrecidos por sus terrosos recorridos. A nuestra izquierda se desparrama con solemnidad una construcción ya vieja pintada de color mamey con algunas líneas azules, y desde aquí se alcanzan a ver algunas cartulinas pegadas a los lados de la entrada. Jacinto nos aclara que son los anuncios oficiales del pueblo: ofertas de trabajo, información sobre los servicios, nuevas leyes y avisos generales.

Noto que Brenda tiene sus negros cabellos alborotados y un poco de sudor acumulado de bajo de sus ojos. Me restriega cariñosamente la mirada en todo el cuerpo y yo le sonrío; sus dientes blancos se asoman entre su moreno rostro y me invaden unas tremendas ganas de acariciar su caderas y morder sus labios.

Jacinto nos mira divertido, se nos acerca discretamente y nos sugiere que encarguemos las maletas en algún lado.

- Don Jorge tiene varios cuartos en su casa pa’ los que vienen de visita. De seguro que les guarda las maletas y hasta les da techo los días que se queden. Si les pida unos pesos, la mera verdad no sé, pero les digo que es un señor de mucha confianza.

- ¿Y por dónde llegamos, don Jacinto?

- La casa de don Jorge está subiendo aquella calle, pero de seguro ya vienen cansados por el camino que viene al pueblo. Les digo que es mejor si los lleva un taxi, así hasta llegan rápido y tienen más tiempo de ver lo que hay en el pueblo o de comprarse algo en el tianguis. Creo que hasta puede dejarlos bañarse, aunque ahí sí les cobra unos veinte pesitos, no sabría decirles.

Brenda, con su iniciativa habitual, se dirige a un taxi estacionado a unos diez metros de nosotros. Jacinto me habla sobre los trabajos que ha desempeñado últimamente, dice que habrá algo parecido a una oferta masiva cuando se pavimenten las calles, que, según él, será muy pronto. Miro cómo Brenda mete su maleta en los asientos traseros del polvoriento automóvil y nos hace señas a Jacinto y a mí para acercarnos. Avanzamos un par de pasos cuando repentinamente el coche se arranca aún con la puerta abierta.

- ¡Oiga, oiga! ¡Mi maleta!- grita Brenda evidentemente enardecida.

El taxi avanza y embiste sin distinción a quien se le pone enfrente. Al principio quedamos todos atónitos ante la acción inesperada del taxista. Tras un instante, hombres y mujeres del pueblo lanzan piedras y echan gritos de dolor y de enojo contra el despreocupado conductor. “Hijo de la chingada, ¡qué le pasa!”, y corro junto con Jacinto para interceptar el taxista antes de que doble la esquina y salga de la plaza. Conforme nos vamos acercando, el automóvil se encuentra rodeado por más y más pobladores enardecidos que siguen echando pedradas o blandiendo palos que encontraron por el camino en el aire. Con trabajos puedo ver cómo un hombre de edad avanzada apalea con todas sus fuerzas el parabrisas. Toda la tierra se levanta y la escena es un tanto confusa, hasta que se escucha un bramido que hace que a todos nos brinque el corazón del pecho. 

- ¡Bájenle, hijos de su puta madre, que ahorita los mato!- rugió una voz.

- Nosotros somos más, cabrón, pa’ pronto, mejor bájale tú- gritoneó el viejo de bigotes percudidos que golpeaba el parabrisas. 

Un ruido confuso inundó el ambiente y el viejo cayó en el piso haciendo una masa espesa de lodo con la sangre que se derramaba lentamente.

En un instante todo se paraliza, los rostros de terror invaden la plaza, la gente queda petrificada y, justo al otro lado, se escuchan otras voces que pareciera que sólo pueden hablar a gritos. Busco a Brenda con la mirada y encuentro su imagen, a la mitad de la plaza, distorsionada por los miles de diminutos granos de tierra. Ella también me busca, pero sin éxito. Son unos quince hombres armados hasta los dientes los que ya flanquean la plaza entera.

- ¡A ver, cabrones! Pónganseme todos en el centro si no quieren que los rafaguée.

- ¡Dejen ir a mi’jo, por favor! Él no tiene la culpa de nada- grita una voz desesperada entre el tímido y dócil murmullo. El sonido sordo de una metralleta precede a un último aullido de la mujer- ¡Animales! ¡Me lo mataron, me lo mataron! ¡Me mataron a mi’jo!- y el chillido es callado por una nueva ráfaga.

Me tiemblan las piernas, me tiemblan las manos, el rostro se me deforma y derramo chorros de orina sin darme cuenta, sólo siento cómo se contrae todo mi cuerpo. Avanzo como puedo hasta el centro de la plaza. Busco a Brenda pero sólo encuentro rostros anónimos, despojados de toda identidad; mi esposa podría estar frente a mí y no la reconocería. ¿Por qué chingados vinimos este día! No quiero que me la maten, no quiero que me maten...

- Aquí somos de honor, así que les vamos a decir las cosas derechas. Venimos en nombre de Máximo Familiar y acuérdense bien de ese nombre, porque a quienes queden vivos se les va a quedar pegado toda la vida. Su pinche gobierno nos tiene hasta la madre con sus largas y sus baches para hacer nuestra chamba, échenle la culpa a su chingado gobernador. Muchos no la van a contar, porque los muertos son los únicos que hacen entender a los pendejos que no nos dejan hacer nuestras cosas en paz -hace una pausa y escucha con satisfacción el silencio de panteón con todo y gimoteos- La mitad de ustedes se muere, la otra mitad va a contar lo que pasó aquí, ¿estamos?… ¿Qué me ves la jeta, pendejo!- espeta antes de destrozar a balazos la cara de un hombre al que se le ocurrió levantar la mirada-… Piensen unos en que esto va a pasar, piensen otros en que muertos ya no les va a importar, pero piensen todos en que esto no pasaría si nos dejaran hacer lo nuestro. Les toca o no les toca, pero ni corran, porque a huevo que sí les toca... ¡Cierren los ojos!… A ver, tú, mátame a ese pendejo que no los cierra –y el ruido infernal hace que pegue un brinco y me salga otro chorro de orina.

Los ojos los tengo bien cerrados y bien apretados. Cómo quisiera que no estuviera pasando esto, “Que sea un sueño, que sea una pesadilla, por Dios. Quiero despertar de esta, ¡quiero despertar!” Amo a Brenda con todo mi corazón, amo con toda mi alma a mi esposa. No me quiero morir. Los ojos los aprieto más y ya no puedo contener el llanto. Se me escapa una lágrima de desesperación y escucho otro bramido.

domingo, 22 de mayo de 2011

Track 03 - Heresy

Llegué a la fiesta como a las diez de la noche: era un jardín enorme repleto de hombres y mujeres que sostenían vasos, latas, botellas, cigarros, pipas... se contoneaban pobremente o se gritaban unos a otros en un intento por comunicarse. Saludé a Rubén con ganas de que me diera una cerveza; mi deseo fue orden y ya sostenía la botella inaugurada por el "pop" que le sacó el encendedor. Mirando con detenimiento: blusas moradas, grandes tetas, cabellos lacios, ojos azules, lenguas musculosas, erecciones escandalosas, cavidades vaginales cual globos desinflados, arrimones desmesurados. No tenía idea de lo que hacía allí (beber), entre toda esa gente enferma que no miraba más allá de lo que sus comodidades permitían.

Los lunes las misas eran a las siete de la mañana, quitaban una hora de clase para que asistiéramos a escuchar cómo el padre decía sus sabias palabras. Marisa y Guadalupe; Mariel, Jorge, Daniel (¿un monje?); Brisa se echó un chupe. Puntualitos llegábamos uno tras otro para sentir culpa por lo que habíamos hecho el fin de semana. Ninguno la sentía, por supuesto, o pretendíamos no sentirla. Gabriel era el que se daba sus golpes de pecho y se quedaba quince minutos más para confesarse; la maestra le decía nada. Éramos fieles pastores, chingones como pecadores, Señor,  me arrepiento de mis pecados, nomás que le debo la culpa, ahí pa' la otra. Éramos despilfarradores en la limosna, como un pacto tácito: nuestros papacitos nos daban pa' la papa y directo al Vaticano (ajá). Así pagábamos el pecado, igual despilfarrado, nomás que con el amor a nuestro carnal, que se llamaba prójimo; eso sí, nos ahorrábamos tantito, Imagínate, Diosito, si no me queda amor pa' mí.

Pasó cosa de una hora en lo que me pude alegrar con la cerveza, luego tomé una gelatina azul que me dijeron que tenía vodka y terminé de animare para conversar con algunas tetas musculosas o grandes lenguas. "Que sí, que no, que fíjate que esto", "Vete a la chingada, mientras veo tu escote. Calladito me oigo más bonito". Doy la vuelta después de un compermiso, "¡Puta, a cuánta gente conozco!" Saludando por aquí y por allá; del otro lado logro sacar un cigarro. La Viri ya se desapareció y nadie puede abrir el cuarto de hasta arriba, ¿no que nomás en el jardín? Beto ya se metió no sé cuántas líneas, dice brincoteando y Ana ya está vomitando en los arbustos. A éste no lo conozco, "¡Salud por la del cumpleaños!", "¡Fondo, fondo!" No sé ni qué chingados era eso, pero, ¡ah!, cómo arde.


Decían que el padre, que, eso sí, entraba en la nómina de la escuela, tenía sus queveres con una de las más horrendas, tanto que ni su nombre recuerdo. De vez en cuando me daba por aplicar el gabrielazo y me quedaba a sacar mis más oscuros secretos: "¿Oiga, padre, si Jesús era el hijo de Dios, entonces era mi carnal?", y el padre se encabronaba y me suspendía. Bueno, fue sólo una vez, pero con eso bastó para ponerme en cintura. Si yo siempre he respetado a Dios, en el nombre de Dios, pero nadie se quiere dar cuenta. Me regañaban en clase de religión por no saberme los nombres de los doce apóstoles; mi abuela me jodía siempre que no le podía decir el nombre de tal o cual virgen, peor si ni siquiera me imaginaba lo que simbolizaba, "Esta nos enseñó a rezar el rosario", la Bienaventuradísima Rejija de la Chingada que le sacó un Santísimo Pedo a no sé qué Misericordioso Pendejo. Yo no necesitaba intermediarios para Dios, menos si ese Dios era el que mandaba a su mujer ilegítima de chacha a mandar mensajitos a algún santito buena onda. No, no, yo creía en el Dios que se ajustaba a mis necesidades, al que realmente amaba y admiraba.


Comenzaba a tambalearme, a irme dos pasos de más hacia atrás y fingir que era porque me botaba de risa. Él, que quién sabe quién era, traía un rosario negro contrastando con su camisa azul. Miré con intensidad la cruz que se aplastaba contra su pecho. "Oye, no mames, yo sí me cojo a esa reina", y la finura de sus etiquetas bajo la ropa se destrozó. Volví a mirar hacia todos lados, todo era vacío. Nunca entendieron que se enamoraban de un Dios de viñeta, de algo que no alcanzaban a comprender.

Por eso prefería ser el nacazo becado. Nunca tuve las mejores calificaciones, pero como me veían jodido querían hacer su buena obra del día. En general eran personas buenas, no puedo juzgar a nadie; rezaban diez padres nuestros todas las noches. Además pasé mis primeros años de placer allí porque no me maltrataban, Mira al pinche naquito, déjalo con sus creencias de indio, porque ni creas que lo evangelizas al Moctezuma este.  A Marisa se le ocurrió un día encender un cigarro a un lado de las canchas, ni una hora pasó y ya estaba expulsada. Yo le dije que no, pero ni caso me hizo. Al rato me inculpaban, pero como me veían carita de pendejo ya nadie dijo nada.  Dios lo salve de su pendejez. Siempre tomé mi pedacito de Dios para que él tomara mis pecaditos y se carcajeara por las babosadas de las que me preocupo. Dios era mío, sólo mío y de nadie más, porque nadie lo quiso poseer.

Betito sostenía a un Gabrielito con la nariz sangrante. Ya se le antojaban sus diez padres nuestros de penitencia. ¡Bendita sea tu sangre! ¿Pero para qué se mataban si no querían morir! El chiste es disfrutar el camino hacia la muerte, ¿no? Ya en la muerte te preocupas por Dios y te haces creyente de neta en las horas, minutos o segundos que te queden. Gabrielazo se iba contigo, a contarte sus pecados en persona. Ni modo, no lo podrás escuchar, porque ya te habló demasiado.

Padre nuestro, que estás en el cielo, dame otra chela por favor o me muero. Amén. Los rezos terminaban. Amémonos entre los hombres. Bola de jotos. ¿O qué las chavas no contaban? De vez en cuando sentía que me iluminaba, solamente para ver las ridiculeces en las que nos habíamos convertido. Mi culpa es la de todos y a todos los odio. Odiémonos entre nosotros, ahórrale la chamba a los otros y mátate tú solo. ¿Qué nos hemos hecho? ¡Qué nos hemos hecho! Perdónanos, Padre, no sabemos lo que hacemos. Nos vemos, nos vemos...

La borrachera se dispersa, la gente se diluye, Gabriel deja el recinto entre sufridas ovaciones. Se aleja lentamente hacia ese destino ya escrito e insalvable...

¡Dios mío, ya te matamos y a los  pendejos de tus hijos nos vale madres!

Amén.