Desde que nos casamos, Brenda y yo salimos de viaje por lo menos tres veces al año. Fue algo que nos propusimos desde que éramos novios; no queríamos caer en la costumbre. Claro que no eran las vacaciones de ensueño que muchas personas desean tener: hotel de cinco estrellas, playa, arena, gringos exhibicionistas, litros de alcohol y visitas al baño para hacer el amor con la excitación del temor por ser descubiertos. No. Nosotros somos, más bien, tranquilos. Visitamos pueblitos o lugares un poco más acogedores y personales que los que tienen grandes hoteles y más dólares que pesos; comemos lo que hallamos y para lo que nos alcanza; hablamos con la gente, nos gusta conocer; hacemos el amor en habitaciones pequeñas y frías para que el calor de nuestros cuerpos nos envuelva en un sueño generoso.
Pitzotltepec es un pequeño pueblo ubicado al norte del Estado de México, nos llamó la atención el hecho de que la alimentación de los pobladores, en general bastante sanos, encuentra su base en la carne de cerdo y que, antes de matarlos, realizan una especie de ritual para pedirle permiso al animal para consumir sus restos. De contadas nos enteramos de que vivían en extrema pobreza y que, sin embargo, eran personas tan cordiales que nunca negaban un plato de frijoles o un guiso de carne. Pobres, pobres, pero la tradición jamás la soltarán.
Bajamos del autobús y preguntamos, como es nuestra costumbre al visitar los pueblos, en dónde se ubica la plaza principal. Un hombre moreno, sudoroso, con una playera blanca y todo lleno de tierra nos dice que tenemos que bajar por el camino que se asoma entre el yerbarajo y que sigamos la calle principal hasta encontrarnos con el edificio central. Nos acercamos hacia las yerbas duras y opacas de los lugares donde el los rayos de sol llegan ya helados por el mortecino aliento de los cerros. El camino es de suelo esterilizado por las pisadas de los pobladores y está lleno de piedras que uno tiene que medir porque no sabe si están flojas o están agarradas a la empinada bajada. Las pequeñas maletas que llevamos nos hacen tambalearnos de paso en paso, juntos nos reímos de las ridículas poses que hacemos. Brenda me ayuda a sortear las abultadas cagadas de cerdo que nos encontramos en el camino y al cabo de unos cincuenta metros de sudor y trompicones nos incorporamos en la articulación de una torcida calle. Brenda se acerca a un hombre de rostro accidentado y sonrisa desvencijada que yace sentado bajo su gorra de Comex junto a su fiel y oxidada bicicleta, y le pregunta sobre algún lugar en dónde pasar la noche. Ambos se me acercan:
- Javier, te presento a don Jacinto, él es originario de aquí y me ha dicho que puede ayudarnos en lo que necesitemos- dice Brenda haciendo sombra con su mano sobre los ojos mientras Jacinto asiente tímidamente y me extiende su flaco y consistente brazo derecho.
- Qué tal, Jacinto, mi nombre es Javier, soy esposo de Brenda. Creo que ya le dijo que buscamos un lugar en dónde pasar ésta y quizá otras tres o cuatro noches, pero además quisiéramos que nos mostrara un poco del pueblo antes de instalarnos en cualquier lugar, si no es mucha molestia. ¿Cree poder ayudarnos?
- Sí, cómo no. Mucho gusto, don Javier. Horita si quiere los acompaño al edificio central que está allá en donde ve usté la bandera, ahí está el tianguis y si quieren pueden hasta comer de una vez. Vinieron por el camino empinado, ¿verdad?- y Jacinto alterna las miradas entre Brenda y yo.
- Sí, don Jacinto, mi esposo ya casi se estaba desmayando, ¿usted cree? Es que ya le está pesando la edad. Ja, ja.
- Es que luego así pasa, señora, luego los camioneros los dejan allá arriba en la que es según la parada del pueblo, pero la buena es la que sigue, allí le dejan y ya nomás toma un taxi que la deje enfrente del edificio central, y de allí ya se mueven a donde quieran. Nomás que sí traten de dejar encargadas sus maletas aunque sea, porque no se les vayan a llenar todas de polvo, ya ve que aquí las calles son de pura tierra- nos dice con su cansada sonrisa.
Jacinto parece ya más relajado y nos señala el otro lado del torcido camino, por donde podríamos haber llegado de manera menos trabajosa. En seguida toma su bicicleta y camina junto a ella contándonos cómo por fin les ha llegado hasta allí el agua potable, lo que facilita mucho la crianza de los cerdos, "Ya no tenemos que bajar hasta la presita, fíjese, y ya nos cuesta menos sacrificio cuidar a los animalitos". Retozan los puerquitos por aquí y por allá y la imagen se torna graciocísima conforme nos vamos acercando a la plaza, a la una de la tarde, cuando los fieles van saliendo de la iglesia confundiéndose con los animales que andan entre la polvareda.
La plaza es el único lugar cuidadosamente adoquinado, cuyo centro está despejado de tierra, dejando ver su brillo grisáceo bajo el sol quemante. El tianguis se extiende a las orillas de las calles, en derredor de la plaza; delante del tumulto pasan constantemente taxis blancos ennegrecidos por sus terrosos recorridos. A nuestra izquierda se desparrama con solemnidad una construcción ya vieja pintada de color mamey con algunas líneas azules, y desde aquí se alcanzan a ver algunas cartulinas pegadas a los lados de la entrada. Jacinto nos aclara que son los anuncios oficiales del pueblo: ofertas de trabajo, información sobre los servicios, nuevas leyes y avisos generales.
Noto que Brenda tiene sus negros cabellos alborotados y un poco de sudor acumulado de bajo de sus ojos. Me restriega cariñosamente la mirada en todo el cuerpo y yo le sonrío; sus dientes blancos se asoman entre su moreno rostro y me invaden unas tremendas ganas de acariciar su caderas y morder sus labios.
Jacinto nos mira divertido, se nos acerca discretamente y nos sugiere que encarguemos las maletas en algún lado.
- Don Jorge tiene varios cuartos en su casa pa’ los que vienen de visita. De seguro que les guarda las maletas y hasta les da techo los días que se queden. Si les pida unos pesos, la mera verdad no sé, pero les digo que es un señor de mucha confianza.
- ¿Y por dónde llegamos, don Jacinto?
- La casa de don Jorge está subiendo aquella calle, pero de seguro ya vienen cansados por el camino que viene al pueblo. Les digo que es mejor si los lleva un taxi, así hasta llegan rápido y tienen más tiempo de ver lo que hay en el pueblo o de comprarse algo en el tianguis. Creo que hasta puede dejarlos bañarse, aunque ahí sí les cobra unos veinte pesitos, no sabría decirles.
Brenda, con su iniciativa habitual, se dirige a un taxi estacionado a unos diez metros de nosotros. Jacinto me habla sobre los trabajos que ha desempeñado últimamente, dice que habrá algo parecido a una oferta masiva cuando se pavimenten las calles, que, según él, será muy pronto. Miro cómo Brenda mete su maleta en los asientos traseros del polvoriento automóvil y nos hace señas a Jacinto y a mí para acercarnos. Avanzamos un par de pasos cuando repentinamente el coche se arranca aún con la puerta abierta.
- ¡Oiga, oiga! ¡Mi maleta!- grita Brenda evidentemente enardecida.
El taxi avanza y embiste sin distinción a quien se le pone enfrente. Al principio quedamos todos atónitos ante la acción inesperada del taxista. Tras un instante, hombres y mujeres del pueblo lanzan piedras y echan gritos de dolor y de enojo contra el despreocupado conductor. “Hijo de la chingada, ¡qué le pasa!”, y corro junto con Jacinto para interceptar el taxista antes de que doble la esquina y salga de la plaza. Conforme nos vamos acercando, el automóvil se encuentra rodeado por más y más pobladores enardecidos que siguen echando pedradas o blandiendo palos que encontraron por el camino en el aire. Con trabajos puedo ver cómo un hombre de edad avanzada apalea con todas sus fuerzas el parabrisas. Toda la tierra se levanta y la escena es un tanto confusa, hasta que se escucha un bramido que hace que a todos nos brinque el corazón del pecho.
- ¡Bájenle, hijos de su puta madre, que ahorita los mato!- rugió una voz.
- Nosotros somos más, cabrón, pa’ pronto, mejor bájale tú- gritoneó el viejo de bigotes percudidos que golpeaba el parabrisas.
Un ruido confuso inundó el ambiente y el viejo cayó en el piso haciendo una masa espesa de lodo con la sangre que se derramaba lentamente.
En un instante todo se paraliza, los rostros de terror invaden la plaza, la gente queda petrificada y, justo al otro lado, se escuchan otras voces que pareciera que sólo pueden hablar a gritos. Busco a Brenda con la mirada y encuentro su imagen, a la mitad de la plaza, distorsionada por los miles de diminutos granos de tierra. Ella también me busca, pero sin éxito. Son unos quince hombres armados hasta los dientes los que ya flanquean la plaza entera.
- ¡A ver, cabrones! Pónganseme todos en el centro si no quieren que los rafaguée.
- ¡Dejen ir a mi’jo, por favor! Él no tiene la culpa de nada- grita una voz desesperada entre el tímido y dócil murmullo. El sonido sordo de una metralleta precede a un último aullido de la mujer- ¡Animales! ¡Me lo mataron, me lo mataron! ¡Me mataron a mi’jo!- y el chillido es callado por una nueva ráfaga.
Me tiemblan las piernas, me tiemblan las manos, el rostro se me deforma y derramo chorros de orina sin darme cuenta, sólo siento cómo se contrae todo mi cuerpo. Avanzo como puedo hasta el centro de la plaza. Busco a Brenda pero sólo encuentro rostros anónimos, despojados de toda identidad; mi esposa podría estar frente a mí y no la reconocería. ¿Por qué chingados vinimos este día! No quiero que me la maten, no quiero que me maten...
- Aquí somos de honor, así que les vamos a decir las cosas derechas. Venimos en nombre de Máximo Familiar y acuérdense bien de ese nombre, porque a quienes queden vivos se les va a quedar pegado toda la vida. Su pinche gobierno nos tiene hasta la madre con sus largas y sus baches para hacer nuestra chamba, échenle la culpa a su chingado gobernador. Muchos no la van a contar, porque los muertos son los únicos que hacen entender a los pendejos que no nos dejan hacer nuestras cosas en paz -hace una pausa y escucha con satisfacción el silencio de panteón con todo y gimoteos- La mitad de ustedes se muere, la otra mitad va a contar lo que pasó aquí, ¿estamos?… ¿Qué me ves la jeta, pendejo!- espeta antes de destrozar a balazos la cara de un hombre al que se le ocurrió levantar la mirada-… Piensen unos en que esto va a pasar, piensen otros en que muertos ya no les va a importar, pero piensen todos en que esto no pasaría si nos dejaran hacer lo nuestro. Les toca o no les toca, pero ni corran, porque a huevo que sí les toca... ¡Cierren los ojos!… A ver, tú, mátame a ese pendejo que no los cierra –y el ruido infernal hace que pegue un brinco y me salga otro chorro de orina.
Los ojos los tengo bien cerrados y bien apretados. Cómo quisiera que no estuviera pasando esto, “Que sea un sueño, que sea una pesadilla, por Dios. Quiero despertar de esta, ¡quiero despertar!” Amo a Brenda con todo mi corazón, amo con toda mi alma a mi esposa. No me quiero morir. Los ojos los aprieto más y ya no puedo contener el llanto. Se me escapa una lágrima de desesperación y escucho otro bramido.