jueves, 26 de agosto de 2010

Track 05 - Closer

Se viene un torbellino al recordar la primera vez que te mostré mi verdadera cara: imágenes abigarradas, náuseas azules y extáticas; los sabores rojizos de tu cabello enredado, la salada sensación de tus mordidas despistadas e impulsivas. Puedo decir que era de mañana, o de noche o de tarde, pero nuestro cuerpo se salió de tiempo, no percibía más que una nada espesa y fulgurante.

Me dio primero por galopar sobre tus piernas, por recorrer, como río vehemente, tus caderas; la caída dramática del agua en la cascada de tu cintura; tus costillas, contándolas una por una, como para probar si seguíamos completos; tus brazos que acaricié desde las axilas, luego el camino tembloroso para alcanzar los codos y tu antebrazo; rozar temerosamente las palmas de tus manos y clausurar tus dedos para siempre. Así sentenciamos nuestro destino: yo te dejaba jugar con mi conciencia, tú me dejabas profanarte. Le escupíamos en la cara al mundo, lo pisoteábamos con ese sudor musical que nos envolvía en un doloroso goce.

Yo lo sentí de esa manera: a mi manera. Te embargué de mi soledad, te di la mano para ayudarte a bajar los últimos escalones hacia mi infierno. Tú me diste el permiso: me dejaste vejarte y endulzarte; aterrorizarte y empoderarte; tratarte como puta y otorgarte el papel de reina. Se deslizaba mi miembro en lo más profundo de ti mientras con ardor besaba tu cuello, tu clavícula, tu pecho, tu rítmico abdomen; me salía de mí sólo para poder besarte el cuerpo entero. Si mi manera de sentir te poseyó, la tuya me desgarró, me destruyó y mató. ¡La muerte contigo es exquisita, amor!

Te regalo mi pobre manera de querer, quédatela y no me la devuelvas; quédate también toda la porquería en la que bailo y me contoneo como muerto en estado de ebriedad. Quédate mi ritmo lento de pensamiento, mis palabras malusadas y mis obsesivos acentos. Quédate mis cuentos y la mierda que aviento cáigale a quien le caiga. Quédate con este piso empolvado, esta cobija que pica; quédate conmigo toda la vida. Giramos una y otra vez, nos retorcemos, nuestras lenguas se hacen tornillos, nuestros dedos cuchillas y nuestros blandos cuerpos se pierden en el deleite de este abismal vaivén. Tú puedes quedarte todo esto.

Tus labios venenosos fueron los que me dieron sentido, también tus muslos prisioneros y tu ardiente y cansada sonrisa. Quise mostrarte un mundo nuevo, quise hacer que te asomaras por la puerta de lo absurdo y echaras tu magia negra en mis intentos de sentimiento. Llevándote de aquí para allá, de la lengua al paladar, de lado a lado en espiral, del dulce de tu quijada a lo necio de mis hombros. El cuerpo nos llevaba, el cuerpo nos manejaba y de su mano nuestros espíritus, porque todos eran uno solo. Y aunque te lo diga, no había codos, ni talones, ni vientres, ni muñecas, ni pantorrillas. Estaba todo confundido, no existía algo más allá de la inconfesable fruición poseedora de tús y de yos. Todo se movía...

El suelo se suaviza, se hunde y nos mueve de esquina a esquina de lo insano. Vejamos al mundo entero con nuestros jadeos y nuestras palabras agonizantes de tan enfermas; pocos teamos, mucha carajería. El aire a nuestro alrededor se convirtió en una gran cadena que nos asfixiaba, una cadena de perversiones y ternuras; sadismos y masoquismos; ganas de destrozar y ganas de construir; redescubrimientos, desencuentros, aburrimientos, enfermos entretenimientos; hacer sano lo insano y lo sano echarlo por el excusado. Un camino hacia adentro (de mí) empezado fortuitamente desde afuera (desde ti).

Nos hicimos y nos deshicimos; me coloqué tus dedos en lugar de los míos, tú te pusiste mis labios en tu rostro; caminamos, con dos pies derechos tú, con dos izquierdos yo. Nos convertimos en las pesadillas de la ternura y el cariño, nos convertimos en la desaparición del otro, en la unidad de la divinidad. Fuimos la envidia del horizonte que besa al cielo sólo en ilusión; fuimos desinhibición. Tú nos hiciste así, nos convertiste en una canción de cuna para locos. Allí estuvimos los dos chupando, lamiendo, rozando, gimiendo; amordazando a los guardias de nuestro deseo, complicando cada movimiento de cadera o estremecimiento de espalda. Empapados de nosotros, hechos ruinas, atravesados por lo que irremediablemente fuimos: tú y yo. 

Eras un templo ardiendo: tus ojos coloridos vitrales animados, charcos de cera tus dedos de cirio, tus pechos como dos suaves cúpulas; fuiste mi domingo ceniciento. Te lamí con mis blasfemias, respiraste mi aliento enfermizo, hicimos un cielo de nuestro podrido infierno. Nos atrevimos a sacar al amor del pensamiento, le dimos una vuelta, lo cansamos y lo acostamos entre nosotros; lo arropamos como dos tiernos padres para luego aplastarlo con apasionada desidia. Estuvimos más cerca que cualquiera.





lunes, 16 de agosto de 2010

Destiempo

¿Cuánto ha que no sonreía de esta manera la mañana? Recargado en una pared solitaria, con Sade en las manos y Soundgarden en las orejas. Hoy ni pared, ni sadismo, ni grunge; ¿pero qué no hay una clase de esencia en cada día? Esta es la esencia de hace tantos años, de hace tantas tristezas. ¿Quién ha dicho que un montón de tristezas sumadas no forman una gran felicidad? Otros días tienen un matiz más amargo, como si algo te succionara desde tu propio estómago y tú pusieras el freno: un cansancio destructor. Día nublado, sol tímido, aire seductor; aunque no se crea, es un lunes de descanso. Amén por la escuela, que me esperará  acostada en su pequeña inmensidad y miraré con emoción las rejas de la misma manera que la primera vez; ya me gasto casi cinco pesos más en transporte, eso prueba que las cosas cambian. ¡Hasta el primer cigarro de la mañana me marea como hace cinco años! Confesión: vivo a destiempo. Así disfruto el presente, porque el tiempo no importa, así me dijo Alejandro: "las horas se revuelven, igual que los días y los años". Nazco por la mañana, me mato en novelas atemporales y me revivo en párrafos pedorros.

sábado, 14 de agosto de 2010

Ángeles


No sé si era el metrobús, o el suburbano, quizás hasta el metro... Tampoco recuerdo en dónde estaba antes o cómo llegué ahí. Sólo sé que soy yo y que estoy completamente ebrio o drogado. ¡Carajo! No recuerdo nada. Quizá pasó un tren o un autobús a máxima velocidad, sentí el vientecito que genera al avanzar, miré las luces que se desdibujaban y me deslumbraron de vez en cuando los reflejos de los tubos adentro. ¿Cómo me moví? Quién sabe. Llegué a una base de taxis, ¿o pedí a alguien que me llevara hasta una? Asumo que tuve que caminar desde la estación hasta donde realicé la acción que fuera y que tuviera que ver con mi regreso a casa. No eran más de las doce, pienso mientras siento mi peso en la cama. 

Supongamos que estaba pedo y drogado, porque no me acuerdo, pero algo tuve que hacer bien para llegar sano y salvo. Cuando estoy hasta la madre de pedo no hago nada bien. Cuando estoy lo suficientemente sobrio para hacer algo bien, recuerdo todo tal y como fue. Sí, digamos que medio pedo y medio drogado, para no meternos en más cosas. Optaría también por que era una estación del suburbano, me da la impresión de que así era. De cualquier manera no me explico cómo es que llegué por el otro lado de la colonia, por el que se llega cuando vienes del metro o el metrobús. Dejemos la duda embarrada de la sensación del suburbano.

Podría asegurar que tomé dos taxis: tal vez uno para recorrer la parte del D.F. y otro para recorrer el pequeño tramo del Estado de México; así el ojete taxista defeño no me querría duplicar la cuota por entrar dos metros a otro estado (porque aunque no lo creas, sí lo hacen). Pero en realidad habría tomado uno solo, porque para cuando hubiera querido el segundo ya habrían aparecido mis salvadores. Tal vez no tomé ninguno y todo el tiempo estuve con los dos muchachos. Qué confuso es todo esto.

Las imágenes parecen hacerse más nítidas desde que llegué a donde empieza el Estado de México. Imaginemos que sí tomé un taxi en el D.F., porque no recuerdo bien a los muchachos antes de este punto y habría sido casi imposible que caminara desde cualquier estación del transporte que fuera hasta ese lugar. Uno de los dos estaba cerca, creo que el mayor, y de alguna manera le di a entender que buscaba un taxi. Ambos tenían pinta de chacalones, parecían de lo peor; en mi estado eso importaba poco. Su hermano (por algo estoy seguro de que eran hermanos) estaba a unos cinco o diez metros de distancia y al mirarlo vi que también estaba un taxi estacionado, justo en un retorno. Aquí miré con mayor profundidad, más bien observé: la colonia estaba desierta, nadie más que el conductor del taxi, los dos muchachos y yo. Algo dijo el hermano menor y el taxista se enojó. Eso del enojo en ningún momento lo vi, ni recuerdo haberlo escuchado, tampoco sé si fue por algo que dijo el muchacho, pero algo me dice que fue así como pasó. Tal vez esa imagen, ahora sí medio borrosa, del menor blandiendo una rama me revela toda esa información.

Tenían una motoneta, claro que lo sé, pero no sé si estaba montado el mayor o el menor de los muchachos; si estaba cerca del taxi o cerca de mí. Digamos que estaba cerca de mí, que vi al mayor y le di a entender lo del taxi mientras estaba montado en la motoneta. Así lo pienso porque cuando el otro blandía la rama no estaba montado en nada. La siguiente imagen es la de nosotros, los tres (¿sobre la motoneta?) llegando a mi calle. Será como kilómetro y medio desde el retorno donde estaba el taxista hasta mi calle. Lo curioso es que llegamos por el lado opuesto por el que tendríamos que haber llegado. Ahora pensemos que nos tuvimos que dar toda la vuelta para evadir al taxista enojado, pues estaba enojado conmigo: me quería madrear, de eso sí me acuerdo bien.

Nos pasamos dos casas de la mía. Miro mis ventanas en un ángulo extraño, como si estuvieran enfermas o yo qué sé. El mayor se baja de la motoneta, yo ya no puedo moverme y decide cargarme. Puede ser que nos hubiéramos bajado antes y que me hubiera cargado desde el principio de la calle. Quizá me está cargando desde hace rato y se detiene un momento para darle instrucciones a su hermano. Ya no me puedo mover, estoy en sus manos completamente. Lo que le dice a su hermano es que vigile los alrededores mientras me mete a mi casa. El hermano menor se va, me lo imagino dando vueltas por ahí y es cuando me doy cuenta de que es casi un niño, once o doce años a lo mucho. Ya no estoy seguro de si lo estoy viviendo o lo estoy recordando. Siento un cariño enorme por estos dos desconocidos que me ayudan cuando no soy otra cosa que un inválido, un bulto aguado que se escurre por los dedos de quien me carga.

Sé que es un recuerdo, porque ahora estoy aquí, sano y salvo. Estoy acostado y no recuerdo bien cómo llegué aquí. Debieron ser ellos. Todo eso pasó hace un par de horas. Siento mi cuerpo sobre la cama, tengo ganas de orinar. ¿Será que el cerebro es tan poderoso que me creó todo esto sólo para despertarme e ir a orinar? Pero no estaba dormido, no. Sentía mi cuerpo y sentía mis dedos, me daba vueltas y todo mientras recordaba lo de esta noche. Me levanto de la cama, voy al baño y enciendo la luz. Meo. Mientras cae el chorro empiezo a convencerme de que nadie me llevó a mi casa esa noche. Lo que pasó en realidad fue que salí con Robleda de la oficina (pinches oficinas) y nos fuimos a tomar unas cervezas a un bar cercano. Recuerdo que salimos tarde y no alcanzamos camiones ya. Fuimos a un sitio de taxis, la fui a dejar hasta su casa y luego le pedí al conductor que me dejara hasta aquí, en donde estoy ahora: mi casa. Pero hice una escala más, pues afuera me estaba esperando ya Josué, con un six de cervezas. Nos lo tomamos en la banqueta, luego me despedí y finalmente entré saludando a mi tía con alegría. Me dijo que olía a cerveza, le dije que había tomado, pero que todo estaba bien. Le ayudé a lavar algunos trastes y después me acosté.

Termina de salir el chorro cuando ya estoy completamente consciente. Regreso mi pene a su hogar dentro de la pijama. Bajo la tapa, jalo la cadena, recargo mis manos en el lavabo. Abro la llave, luego echo jabón, al final froto. Tomo un poco de agua con un recipiente improvisado con mis palmas y me mojo la cara. Me miro al espejo con rostro de desconcierto, un joven descompuesto y con ojos de locura está del otro lado. Todo es confuso, pero hay una verdad que se muere por mostrarse; una vez más estoy segurísimo de algo, una certeza que me invade, me inunda y no deja ser ignorada. Sostengo la mirada del espejo y con toda naturalidad, y hasta un dejo de espiritualidad, digo en voz alta:  "Tengo dos ángeles".

domingo, 8 de agosto de 2010

Pepito Grillo se emborrachó



Te arrastras, te raspas, te rasguñas y llegas completa. ¿Cuántas palabras dijiste? Ni las cuentes, porque todas fueron ciertas, eso es lo que vale. El placer te recorre (corroe) de pies a cabeza: el placer de mentir diciendo la verdad. ¿Cómo es eso? Sepa la chingada, sabes que lo haces. Dormiste hasta las cinco de la tarde, despertaste en tu habitación, ¿cómo?, que quién sabe, pero amaneciste. Eso es lo que más gusto te da: amanecer. Puedes amanecer todos los días igual, pero jamás como hoy. Únete a los optimistas, viva la gente, chingo yo chigas tú chinga a tu madre. Ja, ja.


Todos quieren a su Pepe Grillo, pero no pervertido. ¿Te imaginas a Pepe Grillo mentando la madre? Ni Dios quiera... pero ni Dios ni quieres. Amanécete tarde, come caca y chupa mucho; el mejor remedio para la falta de identidad. Fúmate un porro y esfúmate hacia ti misma; luego grita lo que quieras y duérmete porque ya estás cansada. Persigue al demonio, písale los talones; es mejor a que te alcance primero, porque luego se da la vuelta y te coge. Buenas noches y clava el pico. Cuidado con el cabello o te lo vomitas. Gargajitos y saludes baratos; besitos de rutina y hastío; párate y vámonos a la chingada.


Siente tus dedos, siente tu cruda mamonería, siente lo que quieras sin sentirlo. Corre por la calle, canta las de Chente, méate en el camino para no perder tiempo. Consejo para progresar: never give a fuck. Habla con quien nunca hablarías, déjate proteger, empieza a controlar. El discursito de siempre, querida, la muerte chiquita y patadas de ahogada. Ahógate. Pepe Grillo es un verbo, si no es que dos: déjate escuchar.  Te gusta el sabor, te gusta el olor, te gustan el color y la cursilería. Vaquitas raquíticas, dragones con sobredosis, tu risa apagada y el eco castroso. Escribe feo o no escribas.

Ajases de anoche, aviones de hoy, mentiras de todos los días. Miéntete. Vuela hasta que te mueras, muérete hasta que puedas, cágate de risa por lo que se te antoje. Vete al bar y cotorrea. Ponte triste por lo que quieras. Siempre disfruta lo que sea que hagas. Te cruzas de brazos, apoyas los brazos en tus senos, pones cara de no-entiendo. No entiendas, date vueltas. No te importa nada, ni siquiera tú misma, no te importa lo que escribas. Muérete de a poco, saborea el aire impalpable, vive como te acomode. Nunca busques comodidades. Siéntete rico, come sabrosito, jamás uses diminutivos. Escúchame y déjame destrozarte. Pepe Grillo, el mindfuckeryour sweet son of a bitch.

miércoles, 4 de agosto de 2010

No-soneto no-poético

I

Dices que la puerta se ha cerrado ya,
mujer de nadie, hecha toda cambiante,
que ni en sus ensueños al amor verá,
oh, mujer tan mía, mujer de nadie.

Que poeta jamás seré, me digo,
que a una mujer yo nunca escribiré,
luego dices “nunca amando”; ya veré.
Y este no-soneto aquí yo te escribo.

Que nunca he ignorado la culerez,
¡Invítame a la sublime pendejez!
¡Haz mil contradicciones en tu mente!

Di que tu amor yo jamás conoceré,
¡Grítamelo con un aire insolente!
Y recuerda: “quien se enamora pierde”.


lunes, 12 de julio de 2010

If I were...


Él no sabía ni quién era antes de ella. Así de plano. Te lo digo yo que, como tú, soy de los que lo conoce bien. No estuve cuando pasó, pero me lo contó tantas veces... Me refiero a cuando se encontraron por primera vez. Iba en la prepa y yo a penitas comenzaba a salir con todos. Julián era de los que hablaba y hablaba, diciendo pura pendejada. Me moría de risa con cada cosa que se le ocurría. Al fin y al cabo empezaba a ser mi amigo. Ahora está sumergido en la orillita del asiento, con su cabeza recargada en la ventana. El taxista viene hablando del pinche tráfico de la tarde y de cuánto le gusta ruletear por la noche. O así lo recuerdo.

Estaba sentado en el parque que está en Insurgentes y Reforma, el que está del lado sur de Insurgentes, no el de la fuente, que ni buenas bancas tiene. Aturdido, como perdido, ¡ahí sentado, pues! Y solamente miraba las ramitas que estaban todas revueltas en el piso. Pasaban varias personas, casi todos oficinistas que iban de un lado a otro, él les seguía los pies y volvía a las ramitas. Fue una vez, decía él, en que una de las amigas de los que no eran mis amigos (pues amigos no tenía en la prepa, tú estabas en otra) se apareció por ahí. Ya sabes, era Gaby, pero entonces no era la Gaby que conoces, sino otra. Como que era un poco más oscura o algo así, en serio, como que se sentía mala vibra. Yo me fijé en sus ojos redondos como platos y en su narizota; no era de esas narices grandes y feas, más bien era bonita y enorme, como una modelo alta. Ya estoy diciendo pendejadas. El chiste es que esa tarde nos fuimos en el coche de la no amiga, que sí era su amiga, a un bar allí por la FES Zaragoza. Puro borracho y yo así como que me lucía con todos, acuérdate que mi me da pena estar entre muchas personas con las que nada que ver, pero al fin tengo que sacar a relucir mi pendejez para no quedar como pinche retraído, en eso el alcohol me ayuda. Y no sé, era como muy mamona y yo le daba el avión, pero me gustó. Pasó como siempre me pasaba, pues: me gustó a primera vista, no dejé de pensar en ella toda la noche y al otro día se me olvidó al igual que todas las mujeres que me gustaban.

Cómo se traumó al principio, cuando por fin, ya después de todo un dramón, fueron novios. La cosa cambió, claro. Imagínate que Julián empezó a dejar de salir con los cuates por irse a lugares fresas con Gaby. Si el pinche güey es más naco que rock urbano en Polanco. Uy, y hubieras visto cómo se ponía el Bruno con eso, ya ves que siempre ha sido bien especial en esas cosas. En una peda ya hasta le quería meter sus buenos madrazos. Lo que pasa es que lo quiere mucho y sintió que por Gabriela se olvidaba de ese cariño de cuates. Digo Gabriela porque así le dice Bruno, yo le digo Gaby porque a mí si me cae bien. La primera vez que yo la vi fue casi medio año después de que anduvieran ya bien. A Julián le costó mucho trabajo aceptar que no tenía que fragmentarse para tener novia, o sea que no tenía que haber dos Julianes ni mucho menos. Sobre todo por que en esa época íbamos a La Verde, la pulcata de Vallejo. Gaby entró sin asco, por eso me cayó chingón, porque aunque tuviera esa facha de niña hija de mami se sentía en su ambiente en cualquier lado. ¡Hasta pidió pulque natural! Bruno luego luego se alteró, fue Toño quien lo calmó. Ja, ja. Nomás acuérdate de las maneras de calmar de Toño: entre la incomodidad, los nervios, y el deseo encabronado de evitar el conflicto. Total que en un momento de docilidad pedera (porque además llegaron ya que estábamos hasta las manitas) Bruno se calmó. Ahora sí que ya calmadas las aguas, me puse ha cotorrear con la vieja. Me pareció un buen partido para Julián, porque siempre había andado como perdido. Era como un perrito mimado el güey: nomás andaba moviendo la colita para quedar bien y siempre andaba inseguro; una vez que encontró a su dueña hasta parecía que sabía qué era lo que estaba haciendo.

Ay, cómo me cuesta crear la imagen del menso de Julián sentado allí como pendejo, igualito al parque en el que estaba: en medio del tráfico y el movimiento de la ciudad, pero totalmente ajeno. Medio perdido otra vez. Ahorita ya le dio el bajón, ya se le ve la carita triste mientras cruzamos Montevideo. Estaba con Toño y con Mirtha en El Gato cuando me llamó, "No mames, güey, ya valió madres". Y chingue a su madre, que me suelta la sopa. De sobra sabes que yo no me rajo en la peda, pero, digo, cinco años de relación no son pocos. De por sí, luego me imagino qué pasaría si Toño y Mirtha se mandan al carajo y siento que el Toño terminaría hecho una piltrafa. Ellos que llevan menos. Ahora ponte a pensar en lo que pasó por mi mente cuando Julián escupió el ya-valió-madres. Total que Toño tenía que esperar a mi abuelo para que fueran a dejar a Mirtha, entonces le pedí una lana para ir por Julián. Si la sintió, pero al fin me aflojó cien pesos. No es que quiera tanto a Julián, pero... ¡Bah!, para qué te digo, Julián es quien siempre me recuerda más a ti. La verdad es que me dio un chingo de risa cuando lo encontré, parecía loquito, pero como esos loquitos bien cliché. Se quedó callado cuando me senté junto a él y ya después de un rato me quiso contar, pero soltó el llanto. Es que llevo aquí desde las tres y nomás me quedé aquí sentado, Yo no tenía ni idea, Seguro tiene otro güey, Ya ni pedo, Pero no mames Perdón, no quiero parecer bien dramas. Algo así entendí entre chillidos. Tomamos el taxi y se quedó como dormido, pero bien sabemos que está despierto porque tiene hos ojos abiertos. Ido, pues. Y encima el pinche taxista que no se calla.

Así pasó un chingo de veces, yo la veía y ella también, ni nos hablábamos, porque como que nos cagábamos bien mamón -nos contaba al Negro y a mí-, neta, así nos odiábamos o no sé. Un chingo de veces fue ahí a la escuela y en todas nos repelíamos. Neta, se los juro. No es que sea mamón ni nada, pero ustedes sabrán que no hago más que hacerme pendejo cuando alguien ya me gusta de a deveras. Y sí, ya estaba enamorado, pero ustedes qué van a saber. Así llegó el día en el que terminamos por cruzar más que holas y pasamelacervezas sin mirarnos siquiera. Ya estaba medio pedón y que me le acerco así de huevos. Pues ya, para no hacérselas de emoción, ahí fue cuando pasó lo que ya se saben de memoria: resultó que empezamos a platicar y que de hecho no nos cagábamos, sino que ambos sentíamos que le cagábamos al otro, o sea que teníamos miedo, ¿sí?. Entiendan, ninguno de los dos sabíamos qué pedo. Ya después fue que empezamos a salir, pero éramos bien ñoños, no como ustedes que a la primera ya quieren coger. Bueno, el Negro, porque tú no, hasta eso eres menos faltoso. Ella dice que desde entonces ya éramos novios, pero yo le llegué a penas la semana pasada. ¿Y qué creen que me dijo, la muy cabrona? Primero torció los ojos, luego "Ash, pues tú qué crees", "Yo no me llamo Ash", "Uy, pues con ese humor tan pendejito creo que te diré que no", pero ya saben, así como entre en broma y en serio, cuando te tienen en sus manos, las culeras. "Ya, dime bien", "No sé por qué tienes que estar preguntándolo". Y así estuvo un ratote sin decirme nada claro, hasta que ya porfin me dijo que llevábamos de novios desde que nos besamos, la tercera vez que salimos. ¡Y yo mortificándome todos estos meses! Por eso hasta hoy se las traje, pero hubieran visto la cara que puso antes de entrar. Bueno, ni importa, siempre encaja, por eso la amo.

Los otros cuatro años y garra pasaron igualito. Ella siempre lo manipulaba bien cabrón y él que se dejaba. Pero los dos eran felices, y los dos aceptaban que así era el pedo, por eso se me hizo una pareja tan chingona. Yo pienso, la verdad, que no tardan en regresar, el pedo es que nunca se habían separado. Ya quiero ver su primera reconciliación, ¿te acuerdas de la mía con CA? Sí, yo también sentí que me caía la verga, pero el sexo de reconciliación es la pura verga, más bien. Ja, ja. Chale, ya me hice un albur. Julián sigue ahí sentado, como ido. El pinche taxista que no para, ya ni le pongo atención. Y yo que estoy hablando contigo, cabrón. Y ya no sé qué más decirte, sabes que me gusta platicarte cosas. ¿Qué me dirías? "Pinche Nemito, ya estuvo, ya no existo, cabrón, entiéndelo... Bueno, sí, por lo menos te puedes entretener pensando que platicas conmigo, para extrañarme menos. Y de paso te inventas a un amigo que nunca tuvimos y a una novia suya que existe aun menos que yo". Y qué, cabrón, yo no te pedí que te murieras. Ja, ja. Sí te extraño y medio cabrón. Pero, a ver, qué te diría yo. "Ya, pinche Abraham, deja de imaginarte que eres yo nomás para tratar de estimar cuánto te extrañaría uno de tus amigos si te murieras. Para qué te quieres inventar a un yo que invente a un amigo que nunca tuvimos y a una novia suya que existe aun menos que yo. O que tú, porque ya hasta hiciste que te matara en tu propio cuentito. ¡Si yo ni siquiera pienso así, pendejo!" Y qué, cabrón, yo no pedí empezar a escribir una pinche historia y luego acordarme de ti.




domingo, 27 de junio de 2010

Distinto


Ya eran las últimas páginas, la última parte del libro. Creo que me tardé varios meses en poder llegar hasta ahí. Tal vez los libros sean como las personas: mientras más tiempo pasas con ellos, mientras más momentos compartes, más te encariñas... ¿o serán mejores?: aunque se desempasten y se hinchen las hojas tornándose amarillentas, permanecen. Quzás hasta nos sobrevivan... ¿Eso importa? El libro estaba allí y reposaba en mis manos; lo miré abierto, cerrado, de perfil, de frente, lo miré tantos minutos que olvidé en qué párrafo me había quedado. Las letras plateadas formando un relieve placentero al tacto, la pasta dura, el cuero negro.

Lo compré usado, fue en una de esas librerías de Donceles que tanto me gustan: olor a polvo. En ese momento dormía, y yo lo arrullaba con esos giros para cambiar de perspectiva, con esas caricias tiernas del que sabe que algo se termina. Un vistazo más y de súbito caigo en cuenta: ahora lo miro de una manera, en unos minutos lo haré de otra muy distinta. Ahora el rectángulo negro y rechoncho que sostengo es así, luego lo veré diferente. Esto debe ser la nostalgia... No, no lo es, es algo más complejo. Es el extraño placer de saber que se sentirá nostalgia muy pronto, como saber que algo se perderá por siempre y tienes unos instantes invaluables para disfrutarlo.



Bien, estoy listo. Lo abro de nuevo. Ahora me queda claro que el alma del libro ha muerto, se ha matado. El libro mismo la ha matado. ¡Sin embargo ahora parece tan lejana! Este libro se rehusa a terminar en su final; se prolonga, se mortifica, ¿vendrá algo esperanzador? Esto lo reconozco, debe ser el personaje con el que más se identifica el escritor, y se cuestiona igual que yo. ¿Qué sucede, en qué momento este personaje comenzó a pensar de esta manera? ¿Otra desgracia? Otra desgracia... no, no, me he equivocado. El tipo era un genio. Vértigo, pausa, nuevos ejes, de regreso a lo anterior, olvidaba que el resultado de esto me mortificaba, ah-pero-esto-tenía-que-ver-también. Cinco páginas y aún no hay desgracia, ¿pero qué pretende? Todos regresan. Es agradable, todos están en casa y evitan sus acostumbradas discusiones. Ella (la ella menor en importancia) está con el pequeño. Él va con ella, luego se retira de nuevo. Reflexión. Se ha tardado y ella lo alcanza. No pasa nada, dice él. Pero ha cambiado, sí, ha cambiado. Por dentro, como yo alguna vez lo he pensado. ¿Qué! Se siente igual, igual que siempre, es el mismo de siempre, pero ha cambiado. ¿Se resigna, se resigna?. No. Ahora la pausa para reflexionar me toca a mí. Es que sí es lo mismo, pero es todo distinto. Ahora él cree, yo jamás lo haré, he ahí la diferencia... y sin querer he terminado.

Lo cierro, lo miro de frente, estaba en lo cierto, la manera de mirarlo es distinta. Pero incluso distinta a lo que me imaginé que sería. Sigue en mis manos, lo puedo leer de nuevo, abrirlo en la parte que me plazca, hacer que mis ojos recorran de nuevo aquellos pasajes que más me atraparon. Para mí ya también es distinto, aunque las letras impresas no cambien. No hay una sensación parecida en este mundo a la de leer una novela por primera vez. Algo se ha roto. Ya te comienzo a extrañar... adiós, Ana Karenina.



jueves, 24 de junio de 2010

Changomán, el Dr. Glande y el insilio



He tratado de mantener todo aquello que escribo lejos de politiquerías o problemas sociales concretos; me gustan más las vaguedades y me desagrada polemizar... Procuraré que ésta no sea la excepción.

Desde que leí a José Agustín por primera vez, me han encantando los sobrenombres. Debo confesar que no le llego ni a los talones a este señor en la creatividad a la hora de inventar, pero generalmente me divierto con esta entretenida actividad. Es por eso que esta mañana, cuando me subí al camión, comencé a poner sobrenombres a quienes estaban allí, al fin que eran pocos. "Al Centro de Convenciones, por favor", dije antes de ver a la ahora joven que conocí en la primaria De Cuyo Nombre No Me Acuerdo; se puso linda. Iba con Señora Cara de Entrometida y entre las piernas de ambas estaba recostado Chilpayate. La fiesta comenzaba. A la izquierda vi a Bigotesmalora e inmediatamente atrás a Chaquipendejo. Tomé primero el rincón del gran asiento de hasta atrás, justo a un lado de la puerta. Recapacité, recordé cómo alguna vez un tipo me intento robar, desarmado, mi celular entonces inexistente, todo por querer aislarme de todos en ese mismo asiento. Así, pues, me cambié dos asientos atrás de Chaquipendejo y subí el volumen de mi reproductor. Aún no estaba la luz verde y se subió Caradepito, sí, de esas personas a las que ves y dices "este güey tiene cara de pito". Tenía algunos rayones en el brazo derecho, un poco de vello facial y una gorra azul marino, además de una horrenda mochila negra. Como buen cliente de los asaltantes me puse a analizar las posibilidades de que éste fuera uno de ellos; llegué a la conclusión de que era poco probable, pues iba solo. Sonaba Rey Mezcal de La Gusana Ciega en el reproductor y me puse melancólico. Una cuadra adelante se subió Simiesco, con una actitud torpe y cara de pendejo (lástima que Chaquipendejo ya le había ganado el adjetivo). Se sentó un asiento adelante de Caradepito, quien se había colocado, cruzando el pasillo, justo a un lado de mi ubicación. Después recapacitó y se sentó entre Chaquipendejo y yo. Por un momento me entró la paranoia asaltera, pero racionalicé y me pregunté "Bueno, si yo me cambié de asiento, ¿por qué Simiesco no?". Detrás de él llegó Gordifarola y posó sus nalgas después de De Cuyo Nombre No Me Acuerdo. Avanzamos entre las polvosas calles y las obras a medias.

Me ensimismé, para variar. Escuchaba cómo se me alejaba Rey Mezcal y luego cómo comenzaban las notas, aún más melancólicas, de Rockets de Cat Power. Miré por la ventana, tenía que mantenerme peinado si quería que mi entrevista de trabajo resultara exitosa. Los brincos del camión no me dejaron permanecer pimponesco así que me imaginé la situación en la que me excusaría, "Oh, and I'm sorry about my hair. You know, sometimes buses don't like long-haired guys, and it kind of sucks.", "Oh that's not a problem, don't worry -diría El Licenciado-, it's perfectly understandable. Now, tell me more about your skills...". Se nubló un poco. Esperaba que no lloviera. "La vez pasada llovió y terminé por regresarme a mi casa sin entrevista: mi currículum y yo terminamos empapados". Avanzamos un poco más, ahora comenzaba And So I Know de Stone Temple Pilots, olvidaba cuánto me gustaba el Tiny Music. Giré mi cabeza hacia De Cuyo Nombre No Me Acuerdo y sí, parecía que Chilpayate era suyo. La maternidad le sentó bien.

Un poco antes de subir el puente que conecta a Vallejo con Acueducto de Tenayuca ví subir a un tipo con cara de pato que decidí nombrar Jipinaco. Jipinaco era de esos que te daban las paletitas y te echaban un chorote de que trabajan honestamente, que si podías "regalarme una moneda está bien, y si es una sonrisa también, nomás no me regreses la paleta proque'sa te la entrego sin compromiso". Yo le regalé una sonrisa y además dos monedas de cincuenta centavos. Me quedé con una paleta multicolores en forma de mango. "Para mantener el buen aliento", me dije. Chaquipendejo le regresó las dos paletas que le había dado Jipinaco y este último le regaló una. Avanzó un asiento más y Simiesco se levantó para bajarse. al parecer ya se le había pasado la parada (por pendejo), pues con la prisa empujó a Jipinaco. Jipinaco puso cara de qué pedo y mi lectura alcanzó a percibir que Simiesco le mentó la madre sólo entre dientes porque sostenía algo parecido a un Nextel en la mano derecha. "¡Qué poca madre!, pinche güey ojete", pensé cuando alcancé a notar a Caradepito a mi lado. Caradepito no más, el pequeño fogón que se sostenía en la rayoneada mano ahora lo convertía en el malvado Dr. Glande.  Adelante, Simiesco se convertía en Changomán al recibir el celular de Jipinaco. "Saca, cabrón, no te hagas pendejo", dijo Dr. Glande, mientras yo hábilmente me quitaba los audífonos y sacaba el reproductor de mi bolsillo en un solo movimiento, "The Limit To Your Love, de Feist", musité para mis adentros y le di el reproductor. "¡La cartera, güey, ándale!", "No tengo cartera", "La cartera, cabrón", "Aquí traigo mi cambio, mira, neta no tengo cartera". Vio mi súper entrenada cara de docilidad y accedió: "Échalo aquí", escupió señalando su mochila abierta y deposité el cambio que alcancé a agarrar. Dr. Glande se recorrió hacia adelante. Aún conservaba mi celular en el bolsillo derecho del pantalón, ¡es una fortuna que mi reproductor aparente tristemente ser un Moto Rokr!. Dos asientos adelante Changomán discutía con el conductor y Dr. Glande ya veía en su mochila las pertenencias de Chaquipendejo. Dr. Glande hizo relevo y Changomán pasó a hacer una última revisión; el camión aún no se podía orillar gracias a las obras. "La cartera, hijo de tu puta madre", espetó Changomán ante la incrédula mirada de Chaquipendejo, "¡Ya, ya!", chilló Chaquipendejo, "Ándale, no te hagas pendejo", "Que ya lo dí", "!Órale, culero y agáchate!", gritó Changomán dando primero una cachetada y luego un cachazo. Caminó. "¿Qué te faltó, culero? La-cartera-¿-ya-diste-la-cartera-?" Sentí cómo caía una gota de saliva en mi oreja, "Ya, mano, ya le di mi celular y mi cambio, no tengo cartera", "A ver, güey, párate, qué traes ahí", señaló mi bolsillo izquierdo, "Mis cigarros", Tocó el bolsillo izquierdo confirmándolo, luego el bolsillo trasero-izquierdo (¡el-derecho-no-el-derecho-no-el-derecho-no!) y no prestó atención al poco cambio que me guardé para poder regresar, luego el bolsillo trasero-derecho, "¿Qué es esto?", "Mis cerillos", "Cerillos...", repitió distante el muy pendejo (y no por mi encabronamiento, que ni fue tanto, sino por que de verdad estaba muy pendejo). Changomán se retiró, "¡Agáchense todos, pendejos!", lo que más me molestaba era que a mí me dijera pendejo el güey ese, aún así bajé mi cabeza. Entre los asientos alcancé a ver que los malvados estaban ya en la puerta de adelante. Changomán parecía inconforme, pues regresó a quitarle no sé qué a Gordifarola. "¡Que se agachen todos!", aún no se podia orillar el camión. "Si regresa y me saca el celular ya me llevó la chingada. ¡Mierda! aquí no, se atora y en un brinco va a salir volando y a ver si este güey no me suelta un plomazo en las patas. ¡A güevo! Entre el asiento y el respaldo...". Sin embargo, Changomán regresó a la puerta delantera. Pensé que ya se había prolongado demasiado el asalto cuando vi, por fin, a los poderosos superculeros a través de la ventana. 

Traté de coger mi celular, no lo hice bien y cayó al piso con un sonido sordo. Todos giraron su cabeza hacia mí. Lo recogí y puse mi cara de pendejo, "¿Todos están bien?, ¿No te pasó nada, carnal?", "No, güey, ya, no hay pedo" respondió Chaquimán (el pendejo se lo robó Changopendejo, quedándose él con el man por su estoicismo) explorándose la cabeza con los dedos y luego mirándolos en busca de algún rastro de sangre. "¿Tú, carnal?", pregunté a media voz con tono ques que paternal a Jipinaco, "No hubo pedo, carnal". De Cuyo Nombre No Me Acuerdo me echaba una mirada polisémica: "¿Está bien?, ¿sí es el güey de la primaria?, ¡qué greñudo!, ¿qué chingados recogió?, ¿su suéter es fucsia!". Y Cara de Entrometida pensó: "¡Qué poca madre!, ya ni porque viene Chilpayate, pinches ojetes hijos de su puta madre", Bigotesmalora: "Mellevalachingadamellevalachingadamellevalachingada", Chaquimán: "... ¿?...", Gordifarola: "¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer? ¿Qué me hará ver menos pendeja?", yo: "Yes, I'm a little freaked out, I'm sorry, I've just seen a gun right in front of my face. Anyway, keep on asking. I'll give it a try", "No problem, son, shit happens". Jipinaco se recargó en mi asiento con mirada del experto desconcertado porque le dieron la vuelta: "¿Cuántos eran?, ¿tres, verdad?", "Yo sólo vi a dos", "Chale, yo nomás vi el fuego", "Sí, mano, pero ni pedo, a muchos nos toca,  ¿no?", "Pues sí, carnal, ¡cámara!", "¡Cámara, güey!, con cuidado". Dos cuadras después estaba el Centro de Convenciones y me bajé cuando los de hasta adelante polilogaban con el viejo conductor.


"Ya te voy a mandar a hacer una limpia", me dijo mi hermana cuando llegué hoy, "Ya hazle una limpia a este güey", dijo hace algunos meses, que también me asaltaron (dos veces en un período de menos de 12 horas), una amiga a su hijo, también mi amigo. "Y, ¡por favor!, ya encomiéndate a algo más grande", dijo mi racional padre el mismo día. "¡Tú estás salado!", otra amiga. Yo sólo pienso: "Esta ciudad mía, a la que tanto amo, se está hundiendo en la mierda" y eso también me hace trillar a Miller: "El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo". ¿Qué debe hacer uno?, ¿No salir de su casa! Tampoco pienso que cada dos pasos me van a asaltar (como buen estudiante de Psicología trato de manejar el estrés postraumático), aun así esto no es sano, ni justo... pero es. Lo que me queda... no sé; vivir, seguir, mentar madres... o apartarme como todo buen indolente, porque estas cosas sí afectan. Creo que mejor me pondré a leer algo que me distraiga, ya mañana mandaré al mundo a la mierda y quedaré afuera de él... o adentro de mí. Encerrarse por un rato y olvidarse de los episodios indeseables. Aislarse, rechazar al mundo de nuestros adentros, pues es ése el que luego nos da más miedo. O, como una apreciada amiga me dijo que se podría llamar: el insilio. ¡Qué chingona palabra!