domingo, 22 de mayo de 2011

Track 03 - Heresy

Llegué a la fiesta como a las diez de la noche: era un jardín enorme repleto de hombres y mujeres que sostenían vasos, latas, botellas, cigarros, pipas... se contoneaban pobremente o se gritaban unos a otros en un intento por comunicarse. Saludé a Rubén con ganas de que me diera una cerveza; mi deseo fue orden y ya sostenía la botella inaugurada por el "pop" que le sacó el encendedor. Mirando con detenimiento: blusas moradas, grandes tetas, cabellos lacios, ojos azules, lenguas musculosas, erecciones escandalosas, cavidades vaginales cual globos desinflados, arrimones desmesurados. No tenía idea de lo que hacía allí (beber), entre toda esa gente enferma que no miraba más allá de lo que sus comodidades permitían.

Los lunes las misas eran a las siete de la mañana, quitaban una hora de clase para que asistiéramos a escuchar cómo el padre decía sus sabias palabras. Marisa y Guadalupe; Mariel, Jorge, Daniel (¿un monje?); Brisa se echó un chupe. Puntualitos llegábamos uno tras otro para sentir culpa por lo que habíamos hecho el fin de semana. Ninguno la sentía, por supuesto, o pretendíamos no sentirla. Gabriel era el que se daba sus golpes de pecho y se quedaba quince minutos más para confesarse; la maestra le decía nada. Éramos fieles pastores, chingones como pecadores, Señor,  me arrepiento de mis pecados, nomás que le debo la culpa, ahí pa' la otra. Éramos despilfarradores en la limosna, como un pacto tácito: nuestros papacitos nos daban pa' la papa y directo al Vaticano (ajá). Así pagábamos el pecado, igual despilfarrado, nomás que con el amor a nuestro carnal, que se llamaba prójimo; eso sí, nos ahorrábamos tantito, Imagínate, Diosito, si no me queda amor pa' mí.

Pasó cosa de una hora en lo que me pude alegrar con la cerveza, luego tomé una gelatina azul que me dijeron que tenía vodka y terminé de animare para conversar con algunas tetas musculosas o grandes lenguas. "Que sí, que no, que fíjate que esto", "Vete a la chingada, mientras veo tu escote. Calladito me oigo más bonito". Doy la vuelta después de un compermiso, "¡Puta, a cuánta gente conozco!" Saludando por aquí y por allá; del otro lado logro sacar un cigarro. La Viri ya se desapareció y nadie puede abrir el cuarto de hasta arriba, ¿no que nomás en el jardín? Beto ya se metió no sé cuántas líneas, dice brincoteando y Ana ya está vomitando en los arbustos. A éste no lo conozco, "¡Salud por la del cumpleaños!", "¡Fondo, fondo!" No sé ni qué chingados era eso, pero, ¡ah!, cómo arde.


Decían que el padre, que, eso sí, entraba en la nómina de la escuela, tenía sus queveres con una de las más horrendas, tanto que ni su nombre recuerdo. De vez en cuando me daba por aplicar el gabrielazo y me quedaba a sacar mis más oscuros secretos: "¿Oiga, padre, si Jesús era el hijo de Dios, entonces era mi carnal?", y el padre se encabronaba y me suspendía. Bueno, fue sólo una vez, pero con eso bastó para ponerme en cintura. Si yo siempre he respetado a Dios, en el nombre de Dios, pero nadie se quiere dar cuenta. Me regañaban en clase de religión por no saberme los nombres de los doce apóstoles; mi abuela me jodía siempre que no le podía decir el nombre de tal o cual virgen, peor si ni siquiera me imaginaba lo que simbolizaba, "Esta nos enseñó a rezar el rosario", la Bienaventuradísima Rejija de la Chingada que le sacó un Santísimo Pedo a no sé qué Misericordioso Pendejo. Yo no necesitaba intermediarios para Dios, menos si ese Dios era el que mandaba a su mujer ilegítima de chacha a mandar mensajitos a algún santito buena onda. No, no, yo creía en el Dios que se ajustaba a mis necesidades, al que realmente amaba y admiraba.


Comenzaba a tambalearme, a irme dos pasos de más hacia atrás y fingir que era porque me botaba de risa. Él, que quién sabe quién era, traía un rosario negro contrastando con su camisa azul. Miré con intensidad la cruz que se aplastaba contra su pecho. "Oye, no mames, yo sí me cojo a esa reina", y la finura de sus etiquetas bajo la ropa se destrozó. Volví a mirar hacia todos lados, todo era vacío. Nunca entendieron que se enamoraban de un Dios de viñeta, de algo que no alcanzaban a comprender.

Por eso prefería ser el nacazo becado. Nunca tuve las mejores calificaciones, pero como me veían jodido querían hacer su buena obra del día. En general eran personas buenas, no puedo juzgar a nadie; rezaban diez padres nuestros todas las noches. Además pasé mis primeros años de placer allí porque no me maltrataban, Mira al pinche naquito, déjalo con sus creencias de indio, porque ni creas que lo evangelizas al Moctezuma este.  A Marisa se le ocurrió un día encender un cigarro a un lado de las canchas, ni una hora pasó y ya estaba expulsada. Yo le dije que no, pero ni caso me hizo. Al rato me inculpaban, pero como me veían carita de pendejo ya nadie dijo nada.  Dios lo salve de su pendejez. Siempre tomé mi pedacito de Dios para que él tomara mis pecaditos y se carcajeara por las babosadas de las que me preocupo. Dios era mío, sólo mío y de nadie más, porque nadie lo quiso poseer.

Betito sostenía a un Gabrielito con la nariz sangrante. Ya se le antojaban sus diez padres nuestros de penitencia. ¡Bendita sea tu sangre! ¿Pero para qué se mataban si no querían morir! El chiste es disfrutar el camino hacia la muerte, ¿no? Ya en la muerte te preocupas por Dios y te haces creyente de neta en las horas, minutos o segundos que te queden. Gabrielazo se iba contigo, a contarte sus pecados en persona. Ni modo, no lo podrás escuchar, porque ya te habló demasiado.

Padre nuestro, que estás en el cielo, dame otra chela por favor o me muero. Amén. Los rezos terminaban. Amémonos entre los hombres. Bola de jotos. ¿O qué las chavas no contaban? De vez en cuando sentía que me iluminaba, solamente para ver las ridiculeces en las que nos habíamos convertido. Mi culpa es la de todos y a todos los odio. Odiémonos entre nosotros, ahórrale la chamba a los otros y mátate tú solo. ¿Qué nos hemos hecho? ¡Qué nos hemos hecho! Perdónanos, Padre, no sabemos lo que hacemos. Nos vemos, nos vemos...

La borrachera se dispersa, la gente se diluye, Gabriel deja el recinto entre sufridas ovaciones. Se aleja lentamente hacia ese destino ya escrito e insalvable...

¡Dios mío, ya te matamos y a los  pendejos de tus hijos nos vale madres!

Amén.