Ya eran las últimas páginas, la última parte del libro. Creo que me tardé varios meses en poder llegar hasta ahí. Tal vez los libros sean como las personas: mientras más tiempo pasas con ellos, mientras más momentos compartes, más te encariñas... ¿o serán mejores?: aunque se desempasten y se hinchen las hojas tornándose amarillentas, permanecen. Quzás hasta nos sobrevivan... ¿Eso importa? El libro estaba allí y reposaba en mis manos; lo miré abierto, cerrado, de perfil, de frente, lo miré tantos minutos que olvidé en qué párrafo me había quedado. Las letras plateadas formando un relieve placentero al tacto, la pasta dura, el cuero negro.
Lo compré usado, fue en una de esas librerías de Donceles que tanto me gustan: olor a polvo. En ese momento dormía, y yo lo arrullaba con esos giros para cambiar de perspectiva, con esas caricias tiernas del que sabe que algo se termina. Un vistazo más y de súbito caigo en cuenta: ahora lo miro de una manera, en unos minutos lo haré de otra muy distinta. Ahora el rectángulo negro y rechoncho que sostengo es así, luego lo veré diferente. Esto debe ser la nostalgia... No, no lo es, es algo más complejo. Es el extraño placer de saber que se sentirá nostalgia muy pronto, como saber que algo se perderá por siempre y tienes unos instantes invaluables para disfrutarlo.
Bien, estoy listo. Lo abro de nuevo. Ahora me queda claro que el alma del libro ha muerto, se ha matado. El libro mismo la ha matado. ¡Sin embargo ahora parece tan lejana! Este libro se rehusa a terminar en su final; se prolonga, se mortifica, ¿vendrá algo esperanzador? Esto lo reconozco, debe ser el personaje con el que más se identifica el escritor, y se cuestiona igual que yo. ¿Qué sucede, en qué momento este personaje comenzó a pensar de esta manera? ¿Otra desgracia? Otra desgracia... no, no, me he equivocado. El tipo era un genio. Vértigo, pausa, nuevos ejes, de regreso a lo anterior, olvidaba que el resultado de esto me mortificaba, ah-pero-esto-tenía-que-ver-también. Cinco páginas y aún no hay desgracia, ¿pero qué pretende? Todos regresan. Es agradable, todos están en casa y evitan sus acostumbradas discusiones. Ella (la ella menor en importancia) está con el pequeño. Él va con ella, luego se retira de nuevo. Reflexión. Se ha tardado y ella lo alcanza. No pasa nada, dice él. Pero ha cambiado, sí, ha cambiado. Por dentro, como yo alguna vez lo he pensado. ¿Qué! Se siente igual, igual que siempre, es el mismo de siempre, pero ha cambiado. ¿Se resigna, se resigna?. No. Ahora la pausa para reflexionar me toca a mí. Es que sí es lo mismo, pero es todo distinto. Ahora él cree, yo jamás lo haré, he ahí la diferencia... y sin querer he terminado.
Lo cierro, lo miro de frente, estaba en lo cierto, la manera de mirarlo es distinta. Pero incluso distinta a lo que me imaginé que sería. Sigue en mis manos, lo puedo leer de nuevo, abrirlo en la parte que me plazca, hacer que mis ojos recorran de nuevo aquellos pasajes que más me atraparon. Para mí ya también es distinto, aunque las letras impresas no cambien. No hay una sensación parecida en este mundo a la de leer una novela por primera vez. Algo se ha roto. Ya te comienzo a extrañar... adiós, Ana Karenina.


Amo la sensación de recorrer los últimos párrafos, la adrenalina aumentando con cada línea recorrida, los sentimientos encontrados de impaciencia al querer saber qué viene y la nostalgia de no querer que se termine. Amo el suspiro profundo que se exhala al llegar al último punto y la melancolía de volver la contraportada a su posición original.
ResponderEliminar"La melancolía de volver la contraportada a su posición original"... ese es el resumen exacto para toda mi palabrería :)
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