De vez en cuando nos dan ganas de deshacer lo que nos encontramos en nuestro camino. No es muy complicado: ella y yo. Es una confesión que no debería hacer, como que no está permitida, pero los polos se combinan cuando estamos juntos y lo no permitido se permite. Mis palabras son suaves pero agresivas, las suyas agresivas pero suaves. Seducimos a la gente sin problemas, los metemos en un juego en el que nadie quisiera entrar. Decimos "¿alguien quiere jugar?" y todos levantan la mano desesperados por ser seleccionados.
No tenemos la culpa de sólo amarnos nosotros dos. A nuestra manera, claro. A veces, cuando miran desde afuera, se nos acercan y nos preguntan que qué hacemos, que cómo somos tan felices. Me dan ganas de romperles la madre por pendejos; no tienen ni idea. Fue ella quien me puso en las manos todo lo que deseaba y no me atrevía a querer. La primera vez que lo hicimos nos sentimos culpables. Aunque ella dice que no, estoy seguro de que me afectó más a mí, Pero era de esperarse, aún desconfiábamos, era cuestión de desensibilizarse un poco. Tampoco tenemos la culpa de querer joder a la gente, pero al fin todos salimos ganando, ¿no?
Era una tarde de febrero cuando lo decidimos. Es decir, no es que lo hubiéramos discutido antes o algo parecido, más bien fue que con una mirada lo entendimos todo de una vez. La primer víctima: una mujer. No nos costó mucho atraparla: ella con su belleza y yo con la mía. Resultó ser una pervertida total, perdimos el control, nos dio una lección y, ahora sí con palabras, decidimos dejarlo. A la siguiente semana lo intentamos de nuevo, no pudimos evitarlo ya. De ahí en adelante jamás volvimos a fallar, sólo nos encargamos de afinar la técnica. Y ahora que si de técnica hablamos, no sólo era la manera en que los seducíamos, sino la selección que hacíamos. No todos entraban en nuestro perfil, ¿me explico?, había que cumplir ciertos requisitos.
Con el tiempo los íbamos reconociendo a la distancia, teníamos un ojo bien entrenado y ya nadie podía engañarnos con sus cuentitos de yo le hago a todo. Ni madres. Éramos ella y yo, pues. Siempre nos hemos quedado igual, jamás hemos necesitado subir la intensidad. Todo está en las palabras, en cómo las decimos, en cómo reaccionan nuestros amados y amadas cuando las decimos. Los más divertidos eran los hombres, siempre se mostraban más renuentes para aflojar en el jueguito. Yo les decía "bésame, mamón" y se sorprendían muchísimo; ella les decía "bésalo" con un ademán de desprecio con la mano. Dudaban un rato, No me vaya a convertir en puto, pero luego ella les aventaba esa miradita de fuego. Ellos examinaban su cuerpo y más tardaba en pensar que se me habían rajado cuando ya me estaban plantando el beso.
Cuando era con mujeres la cosa cambiaba. Primero se asustaban, se asustaban demasiado. En las primeras veces hasta se nos llegaron a ir dos o tres. Pero el chiste era hacerlas sentir cómodas primero: yo me acercaba cortésmente, ella con aire encantador. Nos costó nuestras escenas babosas entender que siempre teníamos que sentarnos juntos, o sea: ella, yo y ya luego la señorita Víctima; si la flanqueábamos ya lo teníamos todo perdido. A ellas se les facilitaba más eso de la besadera, luego hasta me sentía como de más, pero ya en el cuarto, cuando sentían que algo les faltaba, ahí estaba yo.
Les decíamos "¡párate bien, pinche puerco!" y se paraban obedientitos; o "¡gatea, marrana!" y asustada se hincaba y ponía las manos en el piso; jamás les dimos tiempo para cuestionar. Eso es de lo más divertido, tenerlos a nuestros pies con las puras palabras, porque fuerza nunca utilizamos. Sin embargo, ninguno de los dos lo puede negar, lo mejor de todo es la culminación: ahí estaba el pendejín penetrándola y yo repentinamente me metía entre los dos a besarla, a acariciarla. Nos perdemos cuando eso sucede, nos desconectamos del mundo y sólo quedamos así: ella y yo en nuestra tierna destrucción. El otro no importa, ese es siempre nuestro punto: Nos amamos entre nosotros y le hacemos ver a nuestro tercero que es una mierda y que no existe para nosotros.
La mayoría de las veces se incomodaban, nos miraban como si estuviéramos locos y se iban. Otras veces se quedaban parados como idiotas a un lado de la cama, evitando posar sus ojos en nuestros cuerpos, como si se avergonzaran. No faltó el cabronazo que se atrevió a meterme el pito, hijo de la chingada, mis respetos; o la que sacó su fiera interna y me quitó a madrazos para seguir dándose calentones con ella. Cuando miraban desde adentro se preguntaban por qué lo hacíamos, "¡Son unos cerdos!", "¿Qué hacen?". Era perder totalmente el control. Los dos, ella y yo, sabíamos que nada podía pasar, que al final del día todo iba a estar justo como antes, pero no podíamos dejar de sentirnos como si camináramos sobre la cuerda floja, con ganas de echarnos a llorar en vez de reír y gemir.
Ya no sé si hablo en pasado o en presente, pero eso no importa, ¿o sí?, tal vez hasta lo hago en futuro. Al final todos ganamos: todos salíamos del tedio asqueroso que nos invadirá cada día de nuestras rumiadas vidas. Ellos, nuestros eternos invitados al cuarto, y nosotros (ella y yo), buscamos todos esos placeres que nos harán sentir un poco más vivos que el resto. Nos odiamos tanto que necesitamos que alguien más se quede con ese odio, nosotros no. Ellos y ellas tendrían algo que ocultar, o guardan ya el secreto de una oscura noche que nunca contarán. Nosotros nos amamos: es esa nuestra única forma de amar. Lilia y yo, libres de odio. Aceptamos lo que somos, lo que nos hace delirar, lo que nos hace desear. Entonces, ¿quién es el verdadero cerdo? Que califiquen al que quieran: ¿no nos hace sentir mejor a todos?
No hay comentarios:
Publicar un comentario